(Foto: La República). Forbes publicó su lista 2025 de los 50 clubes más valiosos del mundo y el golpe al orgullo futbolero es directo: no hay equipos de fútbol hasta el puesto 20. Recién ahí aparece el Real Madrid. El deporte más popular del planeta, el que mueve multitudes, identidades y lágrimas, llega tarde a la fiesta del dinero. Y la pregunta cae sola: ¿cómo puede el fútbol dominar el corazón del mundo y perder —tan seguido— en la caja registradora?.
La lista deja un mapa sin maquillaje: arriba mandan las ligas que entendieron el negocio como industria total. Dallas Cowboys valen 13 mil millones. Warriors, Lakers, Rams, Giants, Knicks… todos por encima de los diez o cerca. Mientras tanto, el Real Madrid aparece con 6.75 mil millones, seguido por Manchester United, Barcelona y Liverpool. Solo cuatro clubes de fútbol entran al “Top 50” general. El resto, afuera. Mucha hinchada, poco imperio.
Y no se trata de talento. Ni de Mbappé. Ni de Champions. Esto va de estructura. En dos décadas el crecimiento de valor se disparó por derechos de transmisión y contratos gigantescos. La NFL, por ejemplo, vendió sus partidos por 125.5 mil millones hasta 2033. Eso no es “tele”: es una máquina de imprimir estabilidad. Sumen asientos premium, estadios convertidos en centros de consumo, y ventas de franquicias que revalorizan todo. En ese mundo, el club no es solo equipo: es empresa, contenido, evento, experiencia, data.
El fútbol, en cambio, sigue actuando como si su popularidad garantizara automáticamente su poder económico. Y ahí se vuelve vulnerable: calendarios saturados, torneos inflados, sedes que se eligen por conveniencia, hinchas exprimidos con precios, y una dependencia creciente de la monetización sin límites. El resultado es una paradoja peligrosa: el fútbol se “globaliza” y se “vende” más que nunca, pero el grueso de su ecosistema no captura el valor como lo hace la NFL o la NBA. El negocio está en expansión, sí, pero también en concentración: unos pocos gigantes se llevan la torta y el resto mira.
En América Latina la lección es todavía más amarga. El fútbol se usa como bandera popular y como anestesia social, mientras sus ligas conviven con precariedad, informalidad, violencia y dirigencias que confunden gestión con supervivencia. El mundo se mueve hacia franquicias robustas; nosotros seguimos discutiendo si el estadio se abre, si hay policía, si se puede jugar.
La lista de Forbes no humilla al fútbol: lo desnuda. Demuestra que el deporte más amado no es necesariamente el mejor administrado.
Reflexión final
Si el fútbol no se toma en serio la gestión, otros seguirán mandando en el dinero mientras el balón se queda con la épica. Y cuidado: cuando la industria aprieta, la tentación es vender el alma para “alcanzar” al modelo dominante. La verdadera alerta no es que el fútbol aparezca recién en el puesto 20. La alerta es que, intentando subir, termine pareciéndose demasiado a lo que hoy critica: un negocio donde la pasión es combustible… y el hincha, el cliente cautivo.
