Irán renunció al Mundial 2026 alegando que “no existen las condiciones” para competir y dejó una pregunta que incomoda más que cualquier sorteo: ¿quién ocupará su lugar? El problema no es solo deportivo; es institucional. Porque en este punto, el fútbol ya no se decide en la cancha sino en un escritorio, con reglamentos que hablan de “entera discreción” y con una FIFA que, cuando el tablero se mueve, suele priorizar la continuidad del producto antes que la transparencia del mérito.
El reglamento de la FIFA es claro en su ambigüedad: si una asociación participante se retira o es excluida, el Consejo de FIFA puede sustituirla por otra federación y actuar “a su entera discreción”. Ese pequeño detalle —discreción— es el corazón del debate. Porque discreción, en el lenguaje de la política deportiva, suele significar una puerta abierta a presiones, negociaciones y soluciones diseñadas para que el show no se caiga.
Sobre la mesa hay tres escenarios, y ninguno es limpio.
El primero: mantener el cupo en Asia. Sería lo más lógico en términos de equilibrio continental: si se va una selección asiática, entra otra. En ese camino, se habla de promover a Irak (hoy en repechaje) a clasificación directa y correr el tablero para que Emiratos Árabes Unidos u Omán tomen su lugar en la repesca. Suena razonable… hasta que recuerdas que el propio Irak viene reportando problemas para viajar por el conflicto regional, cierres aéreos y trámites de visa para llegar a Norteamérica. Es decir, el “reemplazo natural” también está condicionado por el mismo incendio que empujó la renuncia.
El segundo: elegir por ranking FIFA. Aquí el Mundial dejaría de premiar eliminatorias y pasaría a premiar ubicación en una tabla. El resultado es un boleto sin sudor, una invitación maquillada de criterio técnico. Y si algo mata la credibilidad de un torneo, es que un equipo entre “por ranking” mientras otros quedaron fuera jugando en altura, calor o kilómetros imposibles.
El tercero: dejar la vacante sin reemplazo y que el grupo quede con tres selecciones. La solución más torpe y, aun así, posible. Pero altera el torneo: menos partidos, un calendario desigual y un efecto directo en el formato (por ejemplo, en opciones de clasificación de terceros). Un Mundial con reglas distintas dentro del mismo Mundial: exactamente lo que una competencia seria no debería permitir.
Y mientras tanto, Infantino repite que Irán es “bienvenido”, como si el problema fuera de cortesía y no de condiciones reales. La FIFA habla de “seguir de cerca” y “evaluar”, pero lo que se viene es una decisión que debe ser transparente o será sospechosa.
La renuncia de Irán no solo deja un cupo libre: deja al desnudo el poder discrecional de FIFA. Y ese poder, sin reglas claras, convierte el Mundial en un producto ajustable, no en una competencia.
Reflexión final
Si la FIFA decide quién entra, también debe explicar por qué entra. Con criterios públicos, deportivos y verificables. Porque cuando el acceso al Mundial depende de conveniencia, ranking o lobby, el fútbol pierde lo único que lo hace grande: la idea de que la cancha manda. Y un Mundial donde la cancha no manda no es fiesta: es vitrina. (ABC Economía).
