La FIFA ha decidido recortar más de 100 millones de dólares del presupuesto operativo del Mundial 2026, el torneo más grande de la historia, con 48 selecciones, 104 partidos y sedes en Estados Unidos, México y Canadá. La explicación oficial habla de eficiencia, optimización y mejor uso de recursos. Pero cuando una organización que proyecta ingresos cercanos a 13 mil millones de dólares anuncia tijeretazos justamente en la estructura que sostiene la operación del torneo, la pregunta no es menor: ¿se está ordenando la casa o se está sacrificando lo esencial para blindar el negocio?.
Según Reuters, el recorte impacta áreas sensibles de la organización, entre ellas seguridad, logística y accesibilidad, además de equipos de trabajo y procesos operativos vinculados al evento. No se trata, por tanto, de podar adornos administrativos, sino de ajustar el andamiaje de un Mundial que pretende presentarse como inclusivo, seguro y ejemplar. La contradicción es evidente: mientras la FIFA expande el torneo para multiplicar ingresos, exposición global y consumo, también reduce fondos en los engranajes que hacen posible esa expansión.
El problema de fondo no es solo contable, sino político y moral. La FIFA insiste en que más del 90% de sus inversiones en el ciclo 2023-2026 serán reinvertidas en el desarrollo del fútbol mundial. En el papel, la promesa suena impecable. En la práctica, sin embargo, el ajuste revela una lógica preocupante: el discurso del desarrollo convive demasiado bien con decisiones que pueden precarizar la experiencia real del torneo, desde la atención al público hasta la infraestructura humana que sostiene cada partido.
Y no es un hecho aislado. En los últimos días, organizaciones de derechos humanos ya han advertido que el Mundial 2026 enfrenta riesgos en materia de inclusión, libertad de prensa y trato a aficionados, migrantes y comunidades locales. Si a ese escenario se suma una reducción presupuestaria en áreas operativas clave, el mensaje es inquietante: la FIFA parece pedir confianza mientras recorta precisamente donde más debería reforzar garantías.
Hay además un detalle que retrata la escala de la contradicción. Reuters reportó que incluso legisladores estadounidenses cuestionaron la política de precios de entradas por volver el Mundial financieramente inaccesible para muchos aficionados. Es decir, mientras se recorta por un lado, también se exprime por otro. El torneo universal corre el riesgo de convertirse en un lujo administrado con lenguaje de inclusión.
El recorte de más de 100 millones no es solo una medida de gestión. Es una señal. Una señal de que, aun en el torneo más ambicioso de su historia, la FIFA sigue priorizando la aritmética del negocio sobre la coherencia de sus promesas institucionales.
Reflexión final
Un Mundial no se organiza solo con slogans, patrocinios ni balances optimistas. Se organiza con garantías, personal suficiente, logística sólida y respeto auténtico por quienes lo hacen posible. Cuando el organismo más poderoso del fútbol recorta donde no debería, deja una sospecha legítima: que el espectáculo sigue creciendo, pero la responsabilidad no siempre crece con él. Y esa diferencia, tarde o temprano, también se termina viendo en la cancha.(Foto: Grupo Marmor).
