Liga 2: el torneo que no garantiza estabilidad laboral del futbolista

El comunicado de SAFAP sobre la Liga 2 no expone una simple discrepancia sobre el formato del torneo. Expone algo bastante más grave: la persistencia de un fútbol peruano que exige profesionalismo en el discurso, pero tolera precariedad en la práctica. Cuando a un futbolista se le ofrece un campeonato que apenas le garantiza seis meses de trabajo al año, no estamos ante un problema menor de calendario. Estamos ante una estructura que administra la inestabilidad como si fuera parte natural del negocio y que, una vez más, castiga a quienes viven de su oficio mientras protege la comodidad de quienes toman decisiones desde el escritorio.

SAFAP tiene razón en denunciar que lo pactado no se ha respetado. Y allí está el primer escándalo. Si en mesas de trabajo se habló de construir un torneo más largo, más serio y con condiciones mínimas de estabilidad, retroceder después no es una descoordinación: es una muestra de informalidad institucional. En otras palabras, se convoca al diálogo para la foto, pero no necesariamente para cumplir la palabra. Ese hábito, tan frecuente en el fútbol peruano, explica por qué seguimos atrapados en campeonatos improvisados, estructuras débiles y promesas que duran menos que un fixture.

Lo más indignante es que todavía haya quienes pretendan reducir este debate a una discusión administrativa. No. Aquí se está hablando del derecho al trabajo. Se está hablando de futbolistas, técnicos, asistentes, médicos, utileros, administrativos y trabajadores de la industria que ven cómo una mala organización les recorta ingresos, continuidad y horizonte profesional. Luego, los mismos responsables que recortan meses de trabajo son los que se llenan la boca hablando de crecimiento, competitividad y desarrollo. Esa contradicción ya no sorprende; simplemente retrata el problema.

Pero también hay que decirlo con claridad: SAFAP no puede conformarse con un comunicado correcto y una indignación declarativa. Si de verdad quiere defender a sus agremiados, debe asumir un rol más firme, más visible y más incómodo para quienes manejan el torneo. Primero, por supuesto, corresponde exigir diálogo serio, plazos concretos y compromisos verificables. Pero si otra vez la respuesta es el silencio, la dilación o la indiferencia, entonces la agremiación tendrá que demostrar que no está solo para redactar pronunciamientos, sino también para liderar medidas de presión legítimas como un paro de futbolistas. En la historia del deporte y del trabajo, los derechos no se consolidaron únicamente con cartas; muchas veces se conquistaron cuando alguien decidió dejar de aceptar lo inaceptable.

La Liga 2 no puede seguir funcionando como una categoría donde todo se rebaja: presupuesto, planificación y derechos laborales. Un torneo de seis meses no solo debilita la competencia; también institucionaliza la precariedad y desnuda la pobreza de visión de quienes administran el fútbol peruano.

Reflexión final
El problema de fondo no es solo que SAFAP haya alzado la voz. El verdadero problema es que, en pleno 2026, todavía sea necesario recordar que un trabajador del fútbol merece estabilidad, respeto y condiciones mínimas. Mientras eso siga siendo motivo de discusión y no de consenso, el fútbol peruano no estará construyendo una industria. Estará apenas maquillando la precariedad para que parezca campeonato.(Foto: Ovación).

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