Alejandro Domínguez y la tentación de eternizarse en Conmebol

Alejandro Domínguez acumula ya casi una década al frente de la Conmebol. La propia confederación destaca que, bajo su gestión iniciada en 2016, triplicó ingresos, cuadruplicó premios y aumentó inversiones en asociaciones, infraestructura y torneos. También sigue apareciendo oficialmente como presidente en actos y comunicaciones recientes del organismo. Pero en el fútbol, como en la política, los balances económicos no deberían ser una patente para quedarse indefinidamente. El problema no es solo cuánto creció una institución; el problema es qué ocurre cuando el poder se concentra, se prolonga y empieza a confundirse con derecho adquirido.

Es verdad que la Conmebol de hoy exhibe cifras robustas. La propia memoria institucional resalta más de USD 520 millones en ingresos en 2023, premios acumulados por más de USD 1.600 millones y una narrativa de modernización apoyada en “reglas claras”, reinversión y liderazgo. Nadie sensato negaría que hubo avances. Pero una democracia institucional no se mide solo por balances, sino por límites. Y allí aparece la incomodidad de fondo: cuando un dirigente suma años, votos asegurados y un ecosistema de presidentes nacionales alineados, la gestión deja de evaluarse solo por resultados y empieza a examinarse por su relación con el poder.

La historia del fútbol sudamericano y mundial enseña una lección demasiado repetida: las presidencias largas rara vez terminan fortaleciendo la vida institucional. Muchas veces generan dependencia, reducen la autonomía de los actores, domestican la crítica y convierten las elecciones en simples ceremonias de confirmación. Ese es el verdadero riesgo. No se trata de personalizar el debate ni de desconocer logros. Se trata de advertir que ninguna organización se vuelve más transparente porque un dirigente permanezca más tiempo. Al contrario: cuanto más se extiende un liderazgo, mayor debe ser la exigencia sobre controles, alternancia y contrapesos.

Desde La Caja Negra no hablamos de personas como si fueran el problema exclusivo; hablamos de una cultura dirigencial que en Sudamérica ha sido demasiado indulgente con la permanencia. El viejo modelo del presidente fuerte, rodeado de lealtades, obediencias y votos previsibles, ya dejó demasiadas cicatrices. Por eso sería más sano, más limpio y más democrático que la Conmebol avanzara hacia una regla simple: un solo mandato por presidente. Esa fórmula no castiga a nadie; protege a la institución.

Domínguez puede exhibir números, torneos más rentables y una Conmebol más fuerte en ingresos. Pero una confederación seria no debería conformarse con administrar bien: también debe demostrar que sabe limitar el poder. Porque el éxito económico sin alternancia puede terminar pareciéndose demasiado a una modernización con métodos antiguos.

Reflexión final
El fútbol sudamericano no necesita salvadores permanentes. Necesita instituciones que no dependan de un nombre, por exitoso que parezca. Cuando una gestión empieza a insinuar continuidad indefinida, el riesgo ya no es solo administrativo: es moral y democrático. Y en un continente donde demasiados dirigentes creyeron que el cargo les pertenecía, la transparencia empieza, justamente, cuando alguien entiende que también debe saber irse. (Foto: Somos Fútbol).

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