La primera jornada del debate presidencial de 2026 dejó una sensación tan ruidosa como preocupante: sobró confrontación y faltó país. Lo que debía ser una vitrina de propuestas para enfrentar la inseguridad, la corrupción y la crisis institucional terminó convertido, en buena medida, en un intercambio de pullas, evasivas y frases efectistas. La propia cobertura periodística coincidió en que hubo pocas propuestas concretas y varios momentos dominados por ataques entre candidatos.
Ese es, justamente, el problema de fondo. El Perú llega a una elección decisiva con una ciudadanía golpeada por la delincuencia, cansada del desgobierno y desconfiada de casi toda su clase política. En ese contexto, un debate no debería ser un ring de ocurrencias ni una pasarela de agravios calculados. Debería ser un espacio para explicar cómo se reducirá el crimen, cómo se limpiará el Estado y cómo se reconstruirá una institucionalidad que lleva años degradándose. Pero la primera jornada mostró más habilidad para el golpe verbal que para la solución seria.
Hubo escenas que resumen bien esta pobreza política. José Luna apeló a la figura de Daniel Urresti como eventual ministro del Interior, mientras Marisol Pérez Tello logró mayor solidez en ese cruce. Carlos Álvarez privilegió la carga emocional con la promesa de salir del Pacto de San José para viabilizar la pena de muerte. Fernando Olivera volvió a la estrategia del señalamiento frontal contra César Acuña y Wolfgang Grozo. Y Rafael López Aliaga, además de llegar tarde al Centro de Convenciones, evitó responder algunas preguntas de los moderadores, un gesto particularmente grave en una jornada que exigía claridad y responsabilidad.
Lo más inquietante no es que existan ataques; el debate político siempre tiene fricción. Lo alarmante es que esa fricción esté reemplazando al contenido. Cuando un candidato no responde, simplifica problemas complejos o busca refugiarse en frases de impacto, no solo se empobrece el debate: se deteriora el respeto por el elector. Y cuando varios hacen lo mismo, el mensaje es devastador: la lucha por el poder sigue siendo más importante que la obligación de explicar cómo se gobernará.
Mientras los candidatos compiten por el titular más ruidoso, el país real sigue esperando respuestas sobre extorsión, homicidios, anemia, corrupción y captura de instituciones. No hay humor, imitación ni grito que pueda ocultar ese vacío.
La primera jornada del debate dejó más ruido que rumbo. Y eso, en una democracia fatigada, no es una anécdota: es una irresponsabilidad pública.
Reflexión final
El Perú no necesita candidatos que debatan mejor para lucirse una noche. Necesita candidatos que piensen mejor para gobernar cinco años. Porque cuando el espectáculo desplaza a las propuestas, la política deja de servir al ciudadano y empieza, otra vez, a servirse de él. (Foto: infobae).
