Que más del 50% de electores no conozca el símbolo del partido por el que piensa votar no es un dato menor ni una anécdota estadística. Es una señal seria del deterioro de la relación entre ciudadanía y política. A pocas semanas de las Elecciones 2026, el hecho de que una mayoría no identifique siquiera el emblema de la agrupación de su preferencia revela una democracia cada vez más confusa, más superficial y más alejada de una verdadera formación cívica. No estamos solo ante un problema de memoria visual; estamos ante un síntoma de desorden institucional y de partidos que no logran construir identidad, confianza ni presencia real en la conciencia pública.
La encuesta de Datum difundida por Cuarto Poder muestra que el 53% de ciudadanos no reconoce el símbolo del partido por el que votará. El porcentaje resulta inquietante porque el símbolo partidario, en cualquier democracia, debería ser uno de los elementos más básicos de identificación política. Si ni siquiera ese vínculo elemental está claro, entonces el problema no recae únicamente en el elector: recae, sobre todo, en los partidos, en la precariedad de sus campañas y en la pobreza del sistema político que los sostiene.
La elección de 2026, además, no será sencilla. Habrá más de 35 opciones y una cédula extensa que obligará al ciudadano a votar para presidencia, Senado, Diputados y Parlamento Andino. En ese contexto, la complejidad técnica del proceso se combina con una debilidad política de fondo: los partidos aparecen en la cédula, pero no necesariamente en la mente de la gente. Y cuando eso ocurre, la democracia corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de improvisación más que de convicción.
Lo más preocupante es que esta situación no nace de la nada. Es la consecuencia de años de partidos sin doctrina clara, de liderazgos improvisados, de campañas centradas en figuras antes que en propuestas, y de una pedagogía electoral insuficiente para un proceso tan complejo. La política peruana ha preferido el impacto rápido, el eslogan fácil y la confrontación rentable antes que el trabajo serio de educar, informar y representar.
Después vienen las lamentaciones por el voto volátil, por el ausentismo emocional, por el voto cruzado o por la creciente distancia entre electores y autoridades. Pero esa distancia no se produjo por accidente. Se produjo porque la política dejó de hablarle al ciudadano como un sujeto de derechos y empezó a tratarlo, demasiadas veces, como un objetivo de campaña.
Que más de la mitad del electorado desconozca los símbolos de los partidos debería avergonzar primero a los propios partidos. Porque demuestra que han logrado inscribirse en la contienda, pero no en la conciencia del país.
Reflexión final
Una democracia no se debilita solo cuando se vulnera el voto; también se debilita cuando se normaliza que millones voten entre símbolos desconocidos y ofertas poco comprendidas. Y cuando eso pasa, el problema ya no es solo electoral: es una advertencia sobre la fragilidad misma de la representación política. (Foto: Infobae).
