Cada Semana Santa se repite la escena: miles de peruanos planifican viajes, compran pasajes con anticipación, reservan hoteles, organizan presupuestos y confían en que, al menos, la aerolínea respetará lo que vendió. Pero no. Una vez más aparece la vieja práctica del overbooking, ese elegante nombre comercial para disfrazar una decisión bastante simple: vender más de lo que realmente se puede cumplir. Y recién entonces, cuando el abuso ya está instalado en la pista, Indecopi recuerda que las aerolíneas deben compensar a los pasajeros. La pregunta es inevitable: ¿la autoridad protege a tiempo o siempre llega cuando el usuario ya fue perjudicado?.
La sobreventa no es un accidente ni una tormenta inesperada. Es una práctica calculada. Se vende por encima de la capacidad real apostando a que algunos pasajeros no aparecerán. Es decir, el negocio se sostiene en la probabilidad de que alguien falle para que la empresa gane más. Pero cuando todos llegan, el sistema revela su verdadera crudeza: el pasajero deja de ser cliente para convertirse en sobrante.
Entonces aparece la letra legal. Se dice que el afectado tiene derecho a una compensación no menor al 25% del tramo no utilizado, a devolución del dinero o reprogramación inmediata. Muy bien. Pero conviene decirlo con claridad: ninguna compensación borra el hecho principal. La empresa cobró por un asiento que quizás nunca pensó garantizar plenamente. Y eso no es eficiencia comercial. Es trasladar el riesgo del negocio al consumidor.
El dato de las 2.072 sanciones impuestas al transporte aéreo entre 2022 y 2025 termina de desnudar el problema. No estamos frente a errores excepcionales ni a incidentes menores propios de una industria compleja. Estamos ante un patrón. Si hubo miles de sanciones, entonces el abuso no fue marginal: fue recurrente. Y si, pese a ello, hay que volver a advertir lo mismo cada temporada alta, entonces las multas no están corrigiendo conductas o las empresas ya las han incorporado como parte del costo operativo.
Allí también queda expuesto Indecopi. Su recordatorio es útil, sí, pero tiene algo de despertador tardío. El pasajero no necesita solo consejos por WhatsApp en el aeropuerto cuando ya perdió el vuelo, la conexión o la reserva. Necesita una defensa más firme antes del perjuicio, no después. Porque cuando la autoridad se limita a recordar derechos vulnerados de manera reiterada, corre el riesgo de parecer más notario del abuso que verdadero freno a él.
La sobreventa de pasajes no debería tratarse como una incomodidad pasajera, sino como una práctica que erosiona la confianza, castiga al usuario y revela una relación profundamente desigual entre aerolíneas y consumidores.
Reflexión final
Viajar no debería convertirse en un ejercicio de resignación anticipada. Pero en el Perú, demasiadas veces el pasajero sale rumbo al aeropuerto con equipaje, documento y boarding pass… y también con la sospecha de que, aun habiendo pagado, alguien ya decidió que su asiento podía ponerse en venta una vez más. Ahí no falla solo una empresa. Falla un sistema que sigue permitiendo que el negocio vuele primero y el derecho del ciudadano espere en sala de embarque. (Foto: Infobae).
