El Mundial 2026 promete ser el más grande, el más ambicioso y el más rentable de todos los tiempos. Así lo vende la FIFA, con el entusiasmo grandilocuente que suele acompañar sus grandes negocios. Pero detrás de esa narrativa de celebración global aparece una verdad mucho menos cómoda: también será, según diversos análisis, el Mundial más contaminante de la historia. Y ese dato no debería pasar como una curiosidad ecológica entre sorteos, camisetas y campañas publicitarias. Debería ser una señal de alarma. Porque cuando el espectáculo crece sin medida, también crece el daño que deja.
La magnitud del torneo explica buena parte del problema. Por primera vez habrá tres países anfitriones —Estados Unidos, México y Canadá—, 48 selecciones en lugar de 32 y un mapa de sedes que obligará a recorrer miles de kilómetros entre ciudades y fronteras. No se trata de un detalle secundario: es el núcleo del impacto ambiental. Los desplazamientos aéreos de selecciones, delegaciones, patrocinadores, periodistas y aficionados explican entre el 80% y el 90% de la huella ecológica de un Mundial. Y en esta edición, esa huella será monumental.
El dato es brutal por sí solo: se proyecta que el Mundial 2026 podría superar los 9 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono equivalente, casi el doble del promedio de las últimas cuatro Copas del Mundo. Es decir, el torneo que la FIFA presenta como fiesta universal también será una maquinaria de emisiones a escala gigantesca. Y aquí aparece la gran contradicción moral del fútbol contemporáneo: habla de futuro, de inclusión y de responsabilidad, mientras organiza un evento que, en su propia estructura, desafía toda lógica de sostenibilidad.
La FIFA responde con el repertorio habitual: plantación de árboles, programas de reciclaje, recomendaciones para usar transporte sostenible, llamados al ahorro de agua y reducción de residuos. Todo eso suena correcto, pero resulta claramente insuficiente frente a un problema que no es decorativo, sino estructural. Sembrar árboles mientras se multiplican vuelos intercontinentales no resuelve el fondo del asunto; apenas ayuda a suavizar el discurso. El problema no está solo en cómo se compensa el Mundial. El problema está en cómo se diseña.
Desde La Caja Negra, no se trata de señalar personas, sino de cuestionar un modelo de gestión que sigue confundiendo grandeza con expansión sin límite. La FIFA parece convencida de que un torneo más grande siempre es mejor, aunque ese crecimiento choque con las urgencias del planeta. Y esa lógica no es inocente: responde a la ambición comercial de convertir cada Copa del Mundo en un producto más amplio, más globalizado y más rentable, aunque para ello el costo ambiental se dispare.
El Mundial 2026 no solo será recordado por sus récords de participación, audiencia o negocio. También puede quedar marcado como el torneo que llevó al fútbol a una contradicción cada vez más difícil de ocultar: celebrar la unidad del mundo mientras contribuye, de forma masiva, a deteriorar el planeta que compartimos.
Reflexión final
El fútbol tiene derecho a soñar en grande, pero no a hacerlo de espaldas a la realidad. Si el Mundial 2026 será el más contaminante de la historia, entonces no estamos ante un efecto colateral menor, sino ante un fracaso de visión. Porque una fiesta verdaderamente global no debería medirse solo por cuánto emociona, cuánto vende o cuántos estadios llena, sino también por cuánto respeta el mundo que dice reunir. (Foto: Noro).
