La pregunta parece lógica, pero quizá esté mal planteada. En el Perú de hoy, no basta con cambiar autoridades para suponer que cambiará también la lógica del desastre. El politólogo Alberto Vergara ha advertido que las elecciones del 12 de abril no necesariamente serán un punto de quiebre hacia la mejora, sino parte de una misma trayectoria de “inestabilidad crónica” que el país arrastra desde hace años. Esa advertencia no es exagerada: responde a un sistema donde la crisis ya no aparece como excepción, sino como método de funcionamiento.
Vergara describió con crudeza el escenario político peruano como un “juego de las sillas” por la Presidencia, acompañado por un Congreso que se mueve por razones de corto plazo. Esa imagen resume bien el problema nacional: el poder no se ejerce con vocación de gobierno, sino con lógica de reemplazo, supervivencia y cálculo inmediato. Cuando las instituciones dejan de ordenar el conflicto y pasan a reproducirlo, el país entra en una rutina peligrosa: se acostumbra a vivir al borde del sobresalto.
El dato estructural es todavía más inquietante. Perú ha tenido una secuencia extraordinaria de presidentes en apenas una década, y esa rotación no ha fortalecido la democracia, sino que la ha vaciado de previsibilidad. En ese contexto, la proliferación de candidaturas no puede leerse como diversidad saludable, sino como síntoma de un sistema estallado. Vergara lo señaló con claridad: cuando hay tantos presidentes en tan poco tiempo, no es extraño que la elección se llene de postulantes. La fragmentación electoral no es la causa del deterioro; es una de sus consecuencias más visibles.
Allí aparece el núcleo de la crisis de representación. Si los partidos se crean para alquilarse a una candidatura presidencial o para subastar listas al Congreso, entonces ya no funcionan como instituciones republicanas, sino como vehículos transitorios de ocasión. Y cuando la política se organiza así, el resultado es previsible: campañas sin norte, bancadas sin cohesión, gobiernos sin respaldo real y presidentes expuestos desde el primer día al desgaste, la censura o la caída. Lo que debería ser competencia democrática termina pareciéndose demasiado a una disputa por cupos y ventajas de corto aliento.
Por eso sería ingenuo creer que una elección, por sí sola, corregirá el problema. Un nuevo presidente podrá salir de las urnas con legitimidad formal, pero si arriba a Palacio sobre la misma estructura quebrada, con partidos débiles, Congreso fragmentado y actores que piensan en semanas en vez de años, la inestabilidad no se irá: simplemente adoptará un rostro distinto. Ese es el verdadero riesgo. El país puede estrenar gobierno sin abandonar la crisis. Y entonces volverá a repetirse la vieja escena peruana: mucha expectativa al inicio, poco sustento institucional y una nueva cuenta regresiva hacia el próximo conflicto.
Además, esta precariedad convive con desafíos que exigen exactamente lo contrario: crisis energética, inseguridad, desigualdad y un contexto internacional cada vez más exigente. Sin embargo, como también advirtió Vergara, la oferta política no está discutiendo con la seriedad suficiente el lugar del Perú en el mundo ni el alcance de los retos que tiene delante. Esa desconexión entre la magnitud de los problemas y la pequeñez de la respuesta política agrava aún más la sensación de vacío.
Las elecciones pueden renovar nombres, pero no reparan por sí mismas un sistema agotado. Pensar que el simple acto de votar cerrará el ciclo de inestabilidad sería repetir la costumbre peruana de pedirle a una jornada electoral que haga el trabajo que la política rehúye desde hace años.
Reflexión final
La verdadera salida no será solo elegir a alguien. Será reconstruir reglas, partidos, responsabilidades y límites. Porque cuando la inestabilidad deja de ser crisis y se vuelve costumbre, el peligro mayor no es únicamente cambiar otra vez de presidente. El peligro es que el país termine aceptando como normal una democracia sin dirección, sin memoria y sin verdadero sentido de Estado.(Foto: Latinoamerica 21).
