La transformación del Mundial, de 13 selecciones en 1930 a 48 en 2026, suele presentarse como una epopeya de apertura, inclusión y universalidad. Y algo de eso hay. Negarlo sería tan miope como inútil. Más países, más representación y más presencia de regiones históricamente marginadas son avances que merecen ser reconocidos. Pero quedarse solo con esa lectura amable sería aceptar una verdad a medias. Porque cada expansión del Mundial no solo ha respondido al deseo de democratizar el fútbol. También ha obedecido, y cada vez más, a la lógica de una maquinaria que aprendió a convertir el deporte en un producto global de escala gigantesca.
El Mundial nació en 1930 con apenas 13 selecciones, en un contexto donde viajar era una odisea y competir implicaba cruzar océanos en barco. Luego vino la etapa de 16 equipos, el formato de eliminación directa, la estandarización de grupos y rondas finales, y más tarde la expansión a 24 y 32 selecciones. Cada cambio fue presentado como una adaptación natural al crecimiento del fútbol. Y, en parte, lo fue. África, Asia y Concacaf ganaron presencia real y dejaron de ser invitados secundarios en una fiesta monopolizada por Europa y Sudamérica.
Pero en esa historia también hay otra verdad menos romántica. Cuanto más creció el Mundial, más creció la FIFA como imperio económico. Más partidos significan más derechos de televisión, más patrocinadores, más entradas, más paquetes de hospitalidad, más ciudades sede, más consumo y más control sobre el negocio. El salto de 64 a 104 partidos en 2026 no puede leerse solo como una victoria de la inclusión. También es una expansión comercial de proporciones monumentales.
Y ahí aparece la gran contradicción. La FIFA habla de universalidad, pero demasiadas veces organiza esa universalidad con criterios donde el mercado pesa tanto como el mérito deportivo. Se amplía el torneo, sí, pero al mismo tiempo se encarecen entradas, se multiplican exigencias logísticas, se tensiona el calendario y se somete a jugadores, clubes e hinchas a una maquinaria cada vez más exigente. El fútbol se globaliza, pero también se sobreexplota.
Además, conviene preguntarse si más siempre significa mejor. El formato de 32 selecciones había alcanzado un equilibrio razonable entre competitividad, claridad y emoción. El de 48 abre oportunidades, sin duda, pero también riesgos: grupos menos intensos, más partidos desiguales, mayor desgaste y una expansión que, aunque vendida como histórica, parece diseñada también para que nadie quede fuera del gran mercado mundialista.
Desde La Caja Negra, no se trata de rechazar la apertura ni de defender una élite cerrada. Se trata de advertir que el crecimiento del Mundial no puede seguir celebrándose sin discutir a quién beneficia de verdad y bajo qué costo deportivo, humano y económico se produce.
De 13 a 48 selecciones, el Mundial ha cambiado su tamaño, su alcance y su lógica. Ha ganado diversidad, sí, pero también ha reforzado una estructura donde el negocio ya no acompaña al fútbol: muchas veces lo dirige. Y cuando eso pasa, la expansión deja de ser solamente una conquista del deporte para convertirse también en una operación de poder.
Reflexión final
El Mundial necesita abrirse al mundo, pero no perderse en su propia ambición. Porque si cada reforma se mide solo por cuánto crece la audiencia, cuánto se factura y cuántos partidos se agregan, el riesgo es evidente: que la Copa del Mundo siga siendo más grande en números, pero cada vez más discutible en esencia. El fútbol puede hablar todos los idiomas del planeta, pero no debería olvidar cuál fue, desde el inicio, su verdadera lengua: la del juego, no la del exceso. (Foto: Enfoque Noticias – Nano Banana).
