Sub-17: la vergüenza que desnuda la ruina del fútbol peruano

La derrota de Perú ante Bolivia por 2-0 en el Sudamericano Sub-17 no es una mala tarde, ni una simple caída deportiva, ni un episodio corregible con arengas vacías. Es la confirmación brutal de que el fútbol peruano vive atrapado en una decadencia estructural que ya dejó de ser crisis para convertirse en costumbre. Lo escandaloso no es perder: lo escandaloso es haber normalizado el derrumbe. La Sub-17 no cayó solamente frente a Bolivia; cayó aplastada por décadas de abandono, improvisación y una dirigencia incapaz de construir algo distinto al fracaso.

Perú perdió con Argentina. Perú perdió con Brasil. Perú perdió con Bolivia. Tres partidos, tres derrotas, y una misma sensación repetida: la de un equipo que compite condenado de antemano. No hay sorpresa en los resultados, porque detrás de cada marcador hay una verdad más incómoda: el fútbol peruano juvenil no existe como proyecto serio. Existe apenas como simulacro.

La tragedia no está en el resultado, sino en el sistema que lo produce. En el Perú se habla de “procesos” como si nombrarlos bastara para crearlos. Pero no hay procesos: hay remiendos. No hay planificación: hay parches. No hay estrategia nacional: hay improvisación crónica. Cada campeonato juvenil revela lo mismo: futbolistas enviados a competir sin formación integral, sin roce competitivo real, sin estructura física adecuada, sin preparación acorde al fútbol moderno, sin un verdadero torneo de menores. Se les exige rendir internacionalmente cuando vienen de un ecosistema local precario, débil y desarticulado.

Mientras países vecinos construyen centros de alto rendimiento, captación territorial, ligas formativas exigentes y metodologías integradas, en Perú seguimos atrapados en campeonatos juveniles desordenados, clubes que improvisan menores como obligación burocrática, y dirigentes que parecen más interesados en administrar cargos que en transformar realidades. Aquí todavía se pretende fabricar élite con infraestructura deficiente, calendarios mediocres y una visión atrasada que parece detenida en el siglo pasado.

Y luego llega la gran mentira nacional: exigirle resultados a la selección mayor. ¿Con qué base? ¿Con qué cantera? ¿Con qué generaciones? Con estos resultados de menores, el fútbol peruano no tiene futuro en las selecciones mayores. Esa es la verdad que nadie quiere pronunciar con crudeza. Sin siembra no hay cosecha. Y en el Perú no se siembra fútbol: se improvisa, se posterga, se abandona. Lo que hoy se pierde en la Sub-17 mañana reaparecerá en la Sub-20, después en la absoluta, y más tarde volverá disfrazado de “fracaso inesperado” en eliminatorias.

La mediocridad se ha institucionalizado con una eficacia alarmante. Se pierde, se lamenta, se promete corregir, y todo sigue igual. Cambian entrenadores, cambian nombres, cambian discursos, pero nunca cambia la raíz podrida del sistema. Nadie asume responsabilidades reales. Nadie paga el costo del desastre. En cualquier estructura profesional, resultados tan reiteradamente desastrosos habrían provocado una sacudida profunda. En el fútbol peruano, en cambio, apenas generan conferencias, excusas y silencios.

Lo más indignante es la naturalidad con la que se administra esta ruina. El fracaso ya no provoca vergüenza institucional. Se ha vuelto paisaje. Se ha convertido en rutina burocrática. Y cuando un sistema deja de escandalizarse ante su propia decadencia, deja también de tener capacidad de regenerarse.

La Sub-17 peruana no ha fracasado sola: ha sido empujada al fracaso por un modelo corroído que hace años dejó de pensar en el futuro. La derrota ante Bolivia no es un accidente; es la consecuencia lógica de un fútbol gobernado sin visión, sin rigor y sin responsabilidad. Cada gol recibido no solo perfora una defensa: perfora el relato falso de que el fútbol peruano está trabajando seriamente.

Reflexión final
El drama del fútbol peruano no es carecer de talento, sino desperdiciarlo bajo estructuras mediocres. No faltan jóvenes capaces; sobran dirigentes incapaces. No falta pasión; falta decencia para reconocer que el sistema está roto. Y mientras la improvisación siga mandando, el Perú seguirá exportando derrotas, coleccionando frustraciones y condenando generaciones enteras a heredar un fútbol sin presente y, peor aún, sin porvenir. (Foto composición: lacajanegra.blog).

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