La decisión de FC San Marcos de retirarse voluntariamente de la Liga 2 2026 no debe leerse como un hecho aislado ni como la simple caída de un club que no pudo sostenerse. Es, más bien, un síntoma evidente de una enfermedad estructural que el fútbol peruano arrastra desde hace años y que demasiadas veces se maquilla con discursos optimistas y anuncios sin sustento. Se exige profesionalismo, se invoca la modernización y se habla de industria, pero la realidad insiste en mostrar un sistema frágil, desordenado y con bases débiles. El propio club ha sido directo: no puede cumplir con sus obligaciones económicas y financieras. Y cuando cumplir se vuelve imposible, la pregunta ya no es por qué se retira un club, sino por qué el sistema sigue permitiendo que compita sin garantías mínimas.
San Marcos apenas había disputado dos fechas —con derrotas ante Unión Comercio y Cantolao— cuando decidió dar un paso al costado. Pero el marcador es lo menos relevante. El problema no está en la cancha, sino fuera de ella. Las dificultades venían arrastrándose desde la temporada pasada, y aun así el torneo siguió su curso como si la sostenibilidad fuera un detalle secundario. Es decir, se permitió competir a una institución sin condiciones reales para sostenerse en el tiempo. Eso no es un accidente ni una sorpresa: es el reflejo de una estructura que no filtra, no ordena y, en muchos casos, no previene.
Y allí aparece el fondo del problema: la Liga 2 no está diseñada para consolidar clubes, sino para evidenciar sus carencias. Sin derechos de televisión sólidos desde hace años, sin un modelo económico claro y con exigencias que no se corresponden con la realidad financiera de los equipos, el torneo funciona más como un campo de resistencia que como una plataforma de crecimiento. Participar no garantiza desarrollo, apenas permite intentar sobrevivir. Y en demasiados casos, ni siquiera eso. Se habla de ascenso deportivo, pero se compite en un descenso estructural constante.
Lo más preocupante es que este no es un caso excepcional, sino una manifestación visible de un problema generalizado. Detrás de San Marcos hay otros clubes que operan al límite, que dependen de ingresos inciertos, que improvisan para sostener plantillas y que, en cualquier momento, podrían enfrentar el mismo desenlace. La diferencia es que algunos aún no han llegado al punto de quiebre. Pero el camino parece ser el mismo.
El problema, además, trasciende la Liga 2 y expone el fracaso del ecosistema completo del fútbol peruano. Desde la formación de menores hasta la selección mayor, pasando por la Liga 1, la Liga 3 y el fútbol femenino, la constante es la misma: desorganización, falta de planificación y resultados que no acompañan el discurso. Los clubes no compiten internacionalmente con solidez, los procesos formativos carecen de continuidad y la gestión institucional se mueve entre la improvisación y la urgencia. Se habla de crecimiento, pero los indicadores deportivos y económicos apuntan en dirección contraria.
Aquí hay responsabilidades que no pueden seguir diluyéndose. Dirigentes que administran sin visión de largo plazo, organismos que organizan sin garantizar condiciones mínimas y autoridades que permiten que el sistema funcione con más inercia que planificación. Se exige a los clubes que cumplan, pero no se construyen las condiciones para que puedan hacerlo. Se promueve la descentralización, pero se deja a regiones enteras sin respaldo real cuando los proyectos colapsan. Huaraz, hoy, vuelve a quedar fuera del mapa profesional. Y eso no es una casualidad: es una consecuencia de decisiones acumuladas.
La salida de FC San Marcos no es solo una renuncia deportiva. Es una evidencia más de que el modelo actual ha agotado su capacidad de sostenerse. Y frente a ese escenario, ya no bastan ajustes menores ni medidas parciales. El fútbol peruano necesita una refundación profunda: en su estructura, en su gobernanza, en su modelo económico y en su visión de desarrollo. No se trata de corregir detalles, sino de replantear el sistema desde sus cimientos. Además, es un mal mensaje a los patrocinadores y a toda la industria del fútbol peruano.
Y en medio de todo, queda una ironía difícil de ignorar: el club que decide retirarse para no incumplir termina mostrando más responsabilidad que el sistema que lo llevó a ese límite. Porque cuando competir deja de ser viable, insistir no es resiliencia, es negación. Y el fútbol peruano, hace tiempo, viene negando su propia crisis. La pregunta ya no es si habrá más casos como San Marcos, sino cuánto más tendrá que deteriorarse el sistema para aceptar que ha llegado el momento de cambiarlo todo. (Foto: lacajanegra.blog).
