Hay nombres que no pertenecen solo al fútbol, sino también a la memoria sentimental de un país. Ramón Mifflin es uno de ellos. Su historia está escrita con talento, jerarquía, mundo y humanidad. No se trata únicamente de un extraordinario exfutbolista peruano, sino de una figura entrañable, de esas que el tiempo no desgasta porque dejaron huella dentro y fuera de la cancha. Hoy, en un momento delicado de salud, su nombre convoca respeto, cariño y gratitud. Ramón está convaleciente en EsSalud y todos queremos que se recupere lo más pronto posible, porque su presencia sigue siendo necesaria para sus amigos, para la afición y para todos los que valoran a los grandes de verdad.
Ramón Mifflin vistió la casaquilla de la selección nacional y defendió también los colores de grandes equipos del fútbol peruano y del extranjero. Su trayectoria no fue común, porque su talento tampoco lo fue. Fue un mediocampista de clase, inteligencia y personalidad, de esos futbolistas que hacían del juego una expresión elegante y natural. Tenía la pausa del que entiende el ritmo del partido y la visión del que ve un segundo antes que los demás. Su nombre quedó ligado a una etapa brillante del balompié peruano, cuando el fútbol nacional todavía podía exhibir calidad, carácter y prestigio ante el mundo.
Pero Ramón no fue solo un gran jugador. Fue también un hombre de mundo, un protagonista de época, un testigo privilegiado de momentos irrepetibles del deporte. Compartió vestuario con figuras inmortales como Pelé y Franz Beckenbauer, y cultivó amistades con personajes de talla internacional. Entre esas relaciones destaca una que habla de cercanía y respeto mutuo: fue amigo personal de Diego Armando Maradona. Esa convivencia con leyendas no fue casualidad, sino consecuencia natural de una vida construida con talento, coherencia y autenticidad.
Hablar de Ramón es hablar también de un hombre de miles de anécdotas. De esos personajes que no solo cuentan historias, sino que las encarnan. Cada conversación con él tiene algo de archivo vivo del fútbol. Es memoria, pero también es sensibilidad. Ramón no solo conoció a las estrellas: convivió con ellas sin perder nunca la sencillez. Ese quizá sea uno de sus rasgos más admirables. Haber estado en la élite sin dejar de ser cercano, amable, generoso y correcto.
Yo lo digo, además, desde un vínculo amical y profesional que valoro profundamente. Fui el productor general de GOLPERU, donde Ramón era comentarista y panelista. Durante años compartimos jornadas intensas de transmisión, análisis y conversación. Allí confirmé algo que trasciende cualquier biografía: su grandeza no estaba solo en lo que hizo como futbolista, sino en la forma en que se comportaba en cada espacio. En pantalla transmitía conocimiento, experiencia y autoridad; fuera de cámaras, dejaba ver al amigo noble, al compañero leal y al ser humano excepcional.
Ramón tenía esa rara virtud de hablar de fútbol sin estridencias y con la legitimidad de quien lo había vivido en su máxima exigencia. No necesitaba exagerar para enseñar. Su sola presencia imponía respeto. Su palabra tenía peso porque detrás de ella había historia, vivencias y una biografía auténtica. Por eso su paso por GOLPERU no fue un simple rol mediático: fue la continuidad natural de una vida dedicada al fútbol, pero también a transmitir valores.
Hoy, cuando la salud lo obliga a librar otro partido, Ramón Mifflin vuelve a demostrar que su nombre despierta algo más profundo que la admiración. Despierta afecto. Despierta memoria. Despierta agradecimiento. Porque el Perú futbolero sabe que está ante uno de sus hombres más distinguidos, uno de esos referentes que hicieron grande la camiseta y prestigioso el oficio de jugar.
Reflexión final
Ramón está convaleciente en EsSalud y todos queremos que se recupere lo más pronto posible. Lo esperan sus amigos, lo espera la afición y lo necesita esa memoria viva del fútbol peruano que en él encuentra una de sus expresiones más elegantes y humanas. Que salga pronto del hospital el maestro. Que vuelva la sonrisa serena del comentarista, del amigo, del hombre de mundo y de fútbol. Porque Ramón Mifflin no solo pertenece a la historia: pertenece también al cariño de todos los que saben reconocer a un grande de verdad. (Foto: lacajanegra.blog).
