En la segunda vuelta presidencial 2026, los miembros de mesa volverán a llenar las actas a mano. Sí, a mano. Después de vender modernización, eficiencia y tecnología electoral, la ONPE retrocede al procedimiento tradicional porque el famoso STAE terminó convertido en símbolo de improvisación. El país pasó del discurso del avance digital al conteo manual, de la promesa tecnológica al “por favor, sumen bien”. Una postal perfecta de nuestra modernidad electoral: mucha presentación, poca solvencia.
El STAE debía ayudar a agilizar el escrutinio, reducir errores y facilitar el procesamiento de resultados. En teoría, era el gran salto hacia una elección más eficiente. En la práctica, presentó errores de impresión, demoras, problemas operativos y fallas tan básicas como la falta de tinta. Es difícil hablar de innovación cuando el sistema tropieza con una impresora. La tecnología no falló sola; falló la planificación, falló la supervisión y falló esa costumbre institucional de anunciar avances antes de comprobar si realmente funcionan.
Ahora, los miembros de mesa deberán contar voto por voto, separar válidos, nulos y blancos, llenar las actas, revisar cifras y firmar. El método manual no es ilegítimo, pero sí resulta vergonzoso que se vuelva a él después de haber ensayado una herramienta que prometía mejorar el proceso. La ONPE quiso parecer moderna y terminó obligando al país a regresar al papel, como quien apaga la computadora porque no sabe resolver el error del sistema.
Lo grave no es solo el retroceso. Lo grave es el daño a la confianza. En una segunda vuelta cargada de tensión política, cada número mal escrito, cada suma dudosa y cada acta observada puede convertirse en dinamita para la sospecha. Y cuando la autoridad electoral ya viene golpeada por errores previos, pedir paciencia suena menos a prudencia y más a descaro burocrático.
Que las actas vuelvan a llenarse a mano puede ser una medida necesaria para evitar otro desastre tecnológico. Pero no debe venderse como normalidad. Es una confesión de fracaso. La ONPE prometió eficiencia digital y terminó refugiándose en el método tradicional porque su modernización no resistió la prueba de la realidad.
Reflexión final
La democracia no necesita juguetes tecnológicos ni discursos de innovación para la foto. Necesita sistemas confiables, autoridades responsables y procesos que no obliguen al ciudadano a votar entre dudas. Si el Perú vuelve al acta escrita a mano, que al menos no vuelva también a la improvisación, al maquillaje institucional y a la vieja maña de convertir cada elección en un experimento fallido. Porque el problema no es el papel. El problema es que la confianza ciudadana sigue siendo tratada como borrador. (Foto: Andina).
