El Gobierno vuelve a decir, con hechos, lo que muchas veces niega en discursos: la educación no es prioridad. La suspensión de una nueva convocatoria para la Beca Generación del Bicentenario 2026 deja en el limbo a más de 300 jóvenes peruanos, muchos ya admitidos en universidades del extranjero. No es un simple ajuste presupuestal. Es una decisión que golpea el mérito, castiga la planificación personal y envía un mensaje desalentador a una generación que creyó en la promesa del Estado.
Contexto y hechos
El Ministerio de Educación confirmó que este año no habrá nueva convocatoria para la beca administrada por Pronabec. La explicación oficial se mueve entre restricciones fiscales y una supuesta “reingeniería” del programa. Pero cuando una política pública exitosa se detiene sin una ruta clara, sin fecha de retorno y sin respuesta concreta para los postulantes afectados, la palabra “reingeniería” empieza a sonar más a recorte que a mejora. Estos jóvenes no estaban improvisando. Muchos habían postulado a universidades internacionales, asumido costos de preparación, certificaciones, traducciones, admisiones y trámites. Algunos ya tenían cartas de aceptación y plazos encima. Ahora enfrentan la posibilidad de perder vacantes por una decisión estatal tomada tarde, explicada mal y gestionada peor.
La educación de alto nivel no puede tratarse como un gasto incómodo. Es inversión estratégica. Un país que necesita mejores profesionales, investigadores, científicos, médicos, gestores públicos e innovadores no puede cerrarles la puerta a quienes ya demostraron capacidad para competir fuera. El Estado debería acompañar ese talento, no abandonarlo en nombre de una austeridad selectiva.
La justificación de priorizar a los becarios actuales tampoco alcanza. Garantizar la continuidad de quienes ya estudian en el extranjero es correcto, pero no debería implicar sacrificar a la siguiente generación. Un gobierno serio planifica ambas cosas. Lo contrario revela falta de previsión, debilidad presupuestal o, peor aún, ausencia de convicción sobre el valor de la educación.
Desde esta tribuna, la posición es clara: dejar sin becas a 300 jóvenes es una decisión políticamente miope y moralmente cuestionable. El presupuesto público siempre revela prioridades. Y si hay dinero para burocracia, propaganda, viajes, consultorías prescindibles o proyectos de dudosa urgencia, pero no para formar capital humano de excelencia, entonces el problema no es solo fiscal. Es ético.
El país no puede seguir castigando a quienes se esfuerzan. No puede pedir excelencia y luego retirar el apoyo cuando esa excelencia consigue una oportunidad. No puede hablar de desarrollo mientras posterga a sus mejores cuadros.
La suspensión de la Beca Generación del Bicentenario 2026 deja una señal lamentable: para este Gobierno, la educación puede esperar. Pero el futuro no espera. Cada joven que pierde una beca es una oportunidad menos para el país. Y cada talento abandonado confirma una verdad incómoda: el Perú no fracasa por falta de capacidad, sino porque demasiadas veces sus autoridades deciden mirar hacia otro lado. (Foto: LR).
