La última encuesta del IEP no solo muestra una segunda vuelta ajustada: muestra un país partido. Roberto Sánchez obtendría 32% frente a 31% de Keiko Fujimori, pero la verdadera noticia está en el mapa del voto. Fujimori se fortalece en Lima Metropolitana, mientras Sánchez gana terreno en provincias, especialmente en el centro, sur, oriente y el Perú rural. Es decir, otra vez aparece la vieja grieta peruana: una capital que mira el poder desde el centro y un interior que vota desde la desconfianza, el abandono y la deuda histórica.
Keiko Fujimori concentra 41% en Lima Metropolitana y tiene mayor fuerza en sectores urbanos y socioeconómicos altos. Sánchez, en cambio, alcanza 44% en el Perú rural, 40% en el centro, 39% en el sur y 37% en el oriente. No es solo una diferencia electoral; es una radiografía social. Lima parece votar con temor a la incertidumbre económica. Provincias, con cansancio frente a un Estado que llega tarde, mal o nunca.
El problema no es que existan preferencias distintas. Eso es democracia. Lo preocupante es que esas preferencias parecen hablar desde dos países que no se escuchan. Para unos, la prioridad es estabilidad, inversión y orden. Para otros, representación, redistribución, servicios públicos, presencia estatal y dignidad territorial. Entre ambos mundos, los partidos no construyen puentes: fabrican trincheras.
La encuesta también desnuda otro dato incómodo: 24% votaría blanco o nulo y 13% no precisa respuesta. Más de un tercio del electorado no se siente plenamente representado. Esa cifra debería sacudir a cualquier candidato serio. No basta con pasar a segunda vuelta; hay que convencer a un país agotado de elegir por descarte.
A ello se suma una señal todavía más grave: 47% cree que el próximo presidente no terminará su mandato. La ciudadanía ya no solo duda de los candidatos; duda de la viabilidad misma del gobierno que viene. Y no es para menos. El Congreso registra 90% de desaprobación, una cifra que revela el profundo desprestigio de una clase política que promete gobernabilidad mientras reproduce crisis, cálculo y enfrentamiento.
La encuesta del IEP no mide únicamente intención de voto. Mide fractura, distancia social y desencanto democrático. Keiko es fuerte en Lima; Sánchez, en provincias. Pero ninguno puede gobernar solo para su mapa de respaldo.
Reflexión final
El próximo presidente no necesitará únicamente ganar una elección. Necesitará unir un país que vota dividido, desconfiado y emocionalmente agotado. Porque una segunda vuelta puede definir quién llega a Palacio, pero no cerrará por sí sola la herida entre Lima y el Perú que todavía espera ser escuchado. (Foto: Radio Estación).
