El profesor Luis Bolaños habló fuerte y claro en la entrevista con Eddie Fleischman, y sus palabras no deberían archivarse como una opinión más dentro del ruido deportivo nacional. Cuando alguien con experiencia real en la formación de menores decide levantar la voz, lo mínimo que corresponde es escuchar. No por cortesía, sino por responsabilidad. Porque detrás de cada advertencia sobre el fútbol de base hay una verdad incómoda: el Perú sigue tratando de cosechar triunfos donde nunca sembró procesos.
Luis Bolaños, voz autorizada del fútbol y formador de futbolistas de reconocida trayectoria, representa a esa generación de profesionales que no habla desde el escritorio ni desde la pose mediática, sino desde la cancha, desde el entrenamiento diario, desde el contacto directo con jóvenes talentos que muchas veces chocan contra un sistema desordenado, improvisado y poco comprometido con su desarrollo integral. Por eso, su intervención no puede reducirse a una crítica pasajera. Es una llamada de atención a un país futbolístico que sigue confundiendo ilusión con planificación.
El fútbol peruano lleva años maquillando sus carencias con discursos grandilocuentes. Se habla de proyectos, de identidad, de nuevos ciclos, de selecciones competitivas y de futuro. Pero la realidad, como siempre, termina apareciendo en el campo: menores sin competencia adecuada, clubes sin estructuras sólidas, entrenadores poco respaldados, captación desigual, escasa inversión y una alarmante falta de continuidad. Así no se construye una selección. Así apenas se administra la esperanza.
Lo más preocupante es que el problema no es nuevo. Se repite, se comenta, se lamenta y luego se olvida. Cada eliminación, cada fracaso juvenil y cada generación desperdiciada suele producir el mismo libreto: indignación momentánea, promesas de reforma y silencio posterior. El fútbol peruano parece vivir atrapado en una rueda que gira mucho, pero avanza poco. Mientras otros países trabajan con método, ciencia, infraestructura y visión a largo plazo, aquí todavía se espera que el talento individual salve lo que la organización colectiva no supo hacer.
La voz de Bolaños incomoda porque señala una verdad que muchos prefieren esquivar: no basta con tener jóvenes habilidosos. El talento sin formación se pierde. El talento sin competencia se estanca. El talento sin acompañamiento psicológico, nutricional, físico y educativo se vuelve vulnerable. Y el talento sin una dirigencia seria termina convertido en anécdota, no en proyecto de país.
También es necesario decirlo con claridad: el fútbol menor no puede seguir siendo tratado como una obligación secundaria. No puede depender del entusiasmo aislado de algunos entrenadores ni del sacrificio de familias que hacen lo posible para sostener el sueño de sus hijos. La formación debería ser política institucional, prioridad federativa y compromiso de los clubes profesionales. Sin eso, cualquier discurso sobre volver a un Mundial será apenas una frase bonita sobre una estructura débil.
La entrevista de Luis Bolaños debe ser tomada como una advertencia seria. No como una queja, no como un reclamo personal, no como una polémica más para alimentar titulares. Es una interpelación directa a quienes administran el fútbol peruano y tienen la obligación de mirar más allá del próximo partido, del próximo entrenador o de la próxima conferencia de prensa.
Reflexión final
Un país que no forma, improvisa. Un fútbol que improvisa, fracasa. Y una dirigencia que no escucha a quienes conocen la base, no solo pierde campeonatos: pierde generaciones enteras. El profesor Bolaños habló. Ahora falta saber si el fútbol peruano tiene la humildad de escuchar o si, como tantas veces, preferirá seguir celebrando promesas mientras el futuro se le escapa de los pies. (Foto Composición: lacajanegra.blog).
