El antivoto será clave: Perú elegirá entre rechazo y miedo

La segunda vuelta del 7 de junio amenaza con convertirse en una elección sin entusiasmo, sin esperanza y con demasiada resignación. Según IPSOS, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez registran 38% de intención de voto cada uno, en un empate técnico donde el antivoto podría definir al próximo jefe de Estado. Es decir, el país no estaría escogiendo al candidato que más convence, sino al que menos espanta. Mala noticia para una democracia que debería votar por futuro, no por descarte.

El dato es demoledor: el antivoto de Keiko Fujimori bajó de 59% a 48%, mientras el de Roberto Sánchez subió de 39% a 44%. Fujimori puede celebrar una reducción del rechazo, pero casi la mitad del país sigue diciendo que nunca votaría por ella. Sánchez, en cambio, empieza a descubrir que una segunda vuelta no se gana solo con discurso territorial, indignación social o apelaciones al cambio: también se pierde con errores no forzados, alianzas confusas, nombres polémicos y señales que inquietan al votante moderado.

El problema mayor es que la política peruana ha convertido la elección presidencial en una subasta del miedo. Ya no se debate con seriedad quién tiene el mejor plan para combatir la inseguridad, reactivar la economía, generar empleo, mejorar la salud pública, fortalecer la educación o enfrentar la corrupción. Se debate quién genera menos pánico. Unos advierten sobre el retorno de viejas prácticas; otros alertan sobre el salto al vacío. Y en medio queda el ciudadano, obligado a votar como quien elige qué incendio parece menos difícil de apagar.

Fujimori carga tres derrotas presidenciales y un antivoto histórico que no desaparece con spots moderados ni frases de reconciliación. Su apellido, su partido y su trayectoria siguen generando resistencia en amplios sectores. Sánchez, por su parte, llega con el desafío de no convertirse en el nuevo rostro de la improvisación. Cada declaración ambigua, cada propuesta poco explicada y cada incorporación cuestionada a su entorno puede costarle votos. En una contienda tan cerrada, la campaña ya no se juega solo en plazas o entrevistas, sino en la capacidad de no cometer el error fatal.

Lo más grave es que ambos candidatos parecen depender menos de entusiasmar al país que de explotar el rechazo al rival. Esa es la pobreza de nuestra política: candidaturas que no levantan mayorías ilusionadas, sino coaliciones defensivas. Electores que no dicen “quiero esto”, sino “no quiero aquello”. Una democracia reducida a muro de contención.

El antivoto será clave porque los partidos han fracasado en construir confianza. En lugar de liderazgos inspiradores, ofrecen candidaturas que sobreviven al rechazo. En lugar de esperanza, administran temor. En lugar de país, entregan trincheras.

Reflexión final
El Perú merece algo mejor que elegir al menos rechazado. Una democracia que vota desde el miedo nace debilitada desde la urna. Y un presidente elegido por descarte no recibe un mandato sólido: recibe una advertencia. Si la segunda vuelta se define por el antivoto, el ganador llegará a Palacio con la banda presidencial, sí, pero también con una deuda enorme: demostrar que puede gobernar a un país que, antes de apoyarlo, simplemente temió más al otro. (Foto: Interferencia.cl).

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