Jugar en altura y medicarse: el riesgo que el fútbol calla

La discusión sobre jugar en la altura suele reducirse a ventajas deportivas, localías extremas o estrategias para incomodar al rival. Sin embargo, detrás de ese debate existe una realidad mucho más delicada: el uso de medicamentos para soportar la hipoxia y resistir la exigencia física en ciudades ubicadas a más de 3.000 o 4.000 metros sobre el nivel del mar. Lo que algunos presentan como “apoyo médico” abre una pregunta incómoda para el fútbol sudamericano: ¿se está cuidando realmente al futbolista o se le está empujando hacia una peligrosa frontera entre medicina, rendimiento y dopaje?.

En el fútbol sudamericano, donde las eliminatorias y torneos internacionales se disputan muchas veces en condiciones extremas, algunos equipos recurren a sustancias para mejorar la oxigenación o reducir los efectos del soroche. El caso más conocido es el del sildenafilo, popularmente asociado al Viagra. Aunque su función original no está vinculada al deporte, se utiliza por su efecto vasodilatador pulmonar, que podría favorecer el intercambio de oxígeno en la altura. La Agencia Mundial Antidopaje (WADA) no lo prohíbe actualmente, pero mantiene observación sobre su impacto en el rendimiento deportivo.

El problema es que la legalidad no elimina el riesgo. Cefaleas intensas, mareos, taquicardia, alteraciones visuales y problemas cardiovasculares pueden aparecer en futbolistas sometidos a máxima exigencia física. Y en escenarios de altura extrema, donde el cuerpo ya trabaja bajo estrés, cualquier error médico puede tener consecuencias graves.

Más delicado aún es el caso de la acetazolamida, medicamento utilizado para prevenir el mal de montaña. Aunque tiene aplicaciones clínicas reconocidas, la WADA la prohíbe por considerarla un diurético y un potencial agente enmascarante. La USADA incluso advierte que rara vez concede autorizaciones terapéuticas preventivas para competir en altura, porque existen alternativas más seguras como la aclimatación progresiva, hidratación adecuada, planificación física y control médico especializado.

Y aquí aparece el verdadero problema ético del fútbol moderno. Una cosa es usar la ciencia para proteger la salud del jugador, y otra muy distinta es transformar el cuerpo del futbolista en un laboratorio competitivo para sobrevivir a un partido. El jugador no puede convertirse en una pieza descartable del espectáculo ni en un experimento sometido a la presión del resultado inmediato.

Además, el problema no es solo médico: también es estructural. En Sudamérica todavía existe demasiada improvisación. Muchos clubes y selecciones buscan soluciones rápidas donde debería existir planificación seria. Se habla de medicamentos, pero poco de inversión en ciencias del deporte, adaptación fisiológica, recuperación, nutrición y prevención. El fútbol sigue gastando más energía en ganar el próximo partido que en proteger la carrera y salud de quienes lo juegan.

La altura forma parte legítima de la geografía y de la competencia sudamericana. Pero enfrentarla sin límites claros, utilizando medicamentos de forma irresponsable o rozando zonas grises del reglamento, puede convertir la ventaja deportiva en una amenaza silenciosa para el futbolista.

Reflexión final
El fútbol no puede seguir normalizando que el rendimiento valga más que el cuerpo humano. Porque cuando la obsesión por competir empuja a cruzar la línea entre tratamiento médico y ventaja artificial, el problema deja de estar en los metros sobre el nivel del mar y pasa a instalarse en la conciencia ética de un deporte que demasiadas veces exige más de lo que protege. (Foto composición: lacajanegra.blog).

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