Los contagios por virus Coxsackie se duplicaron a nivel nacional y el Perú vuelve a descubrir, con sobresalto tardío, que la prevención sanitaria sigue siendo una materia desaprobada. El Minsa y el Minedu reportan cerca de 300 casos y decenas de conglomerados en colegios, mientras las autoridades intentan transmitir calma insistiendo en que los contagios son “focalizados”. La palabra suena tranquilizadora, pero no elimina la preocupación de miles de padres que observan cómo otro virus encuentra terreno fértil en escuelas donde muchas veces faltan agua, higiene y protocolos realmente sostenidos.
El Coxsackie afecta principalmente a niños menores de 10 años y se propaga con rapidez en espacios cerrados, hacinados y de contacto constante. Exactamente el tipo de escenario que existe en numerosos colegios públicos y privados del país. El virus provoca fiebre, dolor de garganta y lesiones en manos, pies y boca. No suele ser mortal, pero sí altamente contagioso y suficientemente agresivo como para alterar la vida escolar y familiar durante semanas.
Las autoridades han optado por suspender clases únicamente en aulas afectadas y no cerrar colegios completos. Técnicamente puede ser una decisión razonable. El problema es que el país ya conoce demasiado bien el libreto: primero minimizar, luego reaccionar y finalmente pedir calma cuando el problema se expandió más de lo previsto. Mientras tanto, el discurso oficial insiste en campañas de lavado de manos y medidas básicas de higiene que deberían ser permanentes, no activarse recién cuando aparecen brotes.
Y allí está el fondo del asunto. El virus no solo expone una situación epidemiológica; expone el abandono estructural de la salud preventiva en las escuelas. Hay colegios donde los niños no tienen jabón constante, donde los baños son insuficientes y donde el control sanitario depende más de la voluntad de los docentes que de una estrategia sólida del Estado. Después llegan las conferencias, las alertas y las promesas de articulación entre ministerios, como si la improvisación pudiera maquillarse con comunicados técnicos.
El Coxsackie no debería convertirse en motivo de pánico, pero tampoco en excusa para la indiferencia burocrática. Porque cuando los contagios se duplican, el mensaje no puede reducirse a “todo está controlado”. Ese optimismo administrativo suele durar exactamente hasta el siguiente brote.
El Perú necesita entender que la prevención sanitaria no puede funcionar bajo lógica de emergencia. Escuelas limpias, protocolos claros y vigilancia constante deberían ser obligaciones básicas, no reacciones temporales.
Reflexión final
Cada vez que aparece un brote en los colegios, el país actúa sorprendido, como si la precariedad no llevara años sentada en las aulas. El virus Coxsackie pasará. Lo preocupante es que la improvisación estatal parece quedarse siempre. (Foto: elmacheteperu.com).
