El Senamhi confirmó que el primer friaje del 2026 iniciará la noche del 8 de mayo y se extenderá hasta el 12, afectando principalmente regiones amazónicas y zonas vulnerables del país. La alerta naranja activada en 12 regiones advierte lluvias intensas, descargas eléctricas, ráfagas de viento y un marcado descenso de temperaturas. Pero más allá del fenómeno climático, la verdadera preocupación vuelve a ser la misma de cada año: la fragilidad con la que miles de peruanos enfrentan estas emergencias previsibles.
El friaje no es un evento inesperado. El Perú conoce desde hace décadas el impacto de estas masas de aire frío que ingresan desde el sur del continente y golpean especialmente a comunidades rurales, amazónicas y de difícil acceso. Sin embargo, cada temporada parece repetirse la misma escena: alertas oficiales, recomendaciones generales y una reacción estatal que muchas veces llega tarde.
El Senamhi informó que las temperaturas nocturnas podrían descender hasta los 14 °C en la selva sur, mientras que los vientos alcanzarían velocidades de hasta 55 kilómetros por hora. Para muchos ciudadanos urbanos, esas cifras pueden parecer manejables. Pero en comunidades donde predominan viviendas precarias, servicios de salud limitados y escasa conectividad, un friaje puede convertirse en una amenaza directa para la salud, la agricultura y la supervivencia cotidiana.
La situación es aún más preocupante si se considera que durante el 2025 se registraron 26 friajes, una cifra superior al promedio histórico. Es decir, el Estado no puede alegar sorpresa ni desconocimiento. Las autoridades saben qué regiones son más vulnerables, qué poblaciones corren mayor riesgo y cuáles son las consecuencias recurrentes de estos fenómenos. El problema no es falta de información; el problema es la ausencia de planificación sostenida.
Cada friaje deja la misma pregunta incómoda: ¿por qué la prevención sigue dependiendo más del esfuerzo de las familias que de políticas públicas eficientes? Mientras las autoridades recomiendan abrigar a niños y adultos mayores, muchas familias enfrentan el frío con techos frágiles, postas médicas colapsadas y carreteras intransitables. La prevención no puede limitarse a comunicados cuando existen regiones históricamente abandonadas.
El friaje de mayo no solo pone a prueba la resistencia climática del país, sino también la capacidad de respuesta del Estado. Las alertas meteorológicas son importantes, pero no bastan si no vienen acompañadas de acciones concretas, rápidas y descentralizadas.
Reflexión final
El frío llega cada año. La diferencia debería estar en la preparación del país para enfrentarlo. Pero mientras miles de familias sigan expuestas a las mismas carencias, cada friaje continuará recordando una verdad incómoda: en el Perú, las emergencias naturales suelen revelar problemas mucho más humanos y mucho más políticos. (Foto: infobae.com).
