Hasta 42 candidatos podrían competir por la alcaldía de Lima en las elecciones municipales del 4 de octubre. La cifra, lejos de ser una señal saludable de pluralismo, expone nuevamente el desorden del sistema político peruano. Después de una elección general marcada por la fragmentación, el país parece caminar otra vez hacia una cédula saturada, campañas dispersas y una ciudadanía obligada a escoger entre demasiadas siglas, muchas de ellas debilitadas o sin verdadera representación.
Entre los nombres voceados aparecen Susel Paredes, Carlos Bruce, Francis Allison, Rudecindo Vega y Oswaldo Vargas, además de otras figuras políticas que buscarían ocupar el sillón municipal. También participarían agrupaciones que perdieron su inscripción tras no superar la valla electoral en las elecciones generales, pero que aún podrán competir en los comicios municipales. Ese detalle revela una contradicción inquietante: partidos castigados por el voto nacional podrían intentar reciclarse de inmediato en la capital.
Según la información difundida, 38 organizaciones acudirían a primarias con una sola lista, lo que convierte la democracia interna en una formalidad casi decorativa. Solo cuatro tendrían competencia real en esa etapa. Así, muchas candidaturas llegarían prácticamente definidas, no por deliberación partidaria, sino por acuerdos internos, invitaciones o cálculos de oportunidad.
Lima no necesita una feria electoral. Necesita una elección seria. La capital enfrenta inseguridad, extorsión, caos vehicular, informalidad, obras inconclusas, transporte desordenado, basura, deterioro urbano y una profunda desigualdad entre distritos. Frente a ese escenario, la ciudad requiere planes, equipos técnicos y liderazgo metropolitano, no una competencia convertida en desfile de aspiraciones personales.
La abundancia de candidatos puede terminar debilitando el debate. Con 42 postulantes, el riesgo es que las propuestas se diluyan, que el voto se fragmente y que la campaña se reduzca a frases, ocurrencias y ataques. La cantidad no garantiza calidad. Al contrario, puede hacer más difícil que el ciudadano compare seriamente programas de gobierno.
Desde esta tribuna, la posición es clara: Lima merece algo mejor que una avalancha de candidaturas. La alcaldía no puede ser premio consuelo de políticos golpeados, vitrina de figuras mediáticas ni refugio de partidos que buscan sobrevivir después de fracasar en las urnas nacionales.
El Jurado Nacional de Elecciones y la ONPE tienen la obligación de organizar un proceso transparente y ordenado, pero el problema va más allá de la administración electoral. El verdadero problema es una política que multiplica candidatos sin exigir solvencia, trayectoria ni propuestas consistentes.
Hasta 42 candidatos podrían competir por Lima. Esa cifra no debería entusiasmar: debería preocupar. Porque una ciudad de más de diez millones de habitantes no puede ser tratada como laboratorio electoral ni como plataforma de relanzamiento partidario.
Lima necesita seguridad, orden, transporte digno, planificación urbana y autoridad. No necesita otra cédula interminable ni otra campaña llena de nombres y vacía de ciudad. (Foto: El Peruano).
