SAFAP y la Copa Caliente de la Liga: el silencio también lesiona

La Copa Caliente de la Liga 2026 no solo desnuda la improvisación del fútbol peruano; también pone bajo examen a quienes dicen representar y defender a los futbolistas. Porque si un nuevo torneo suma más partidos, más viajes, más desgaste físico, más exposición a canchas deficientes y más presión sobre calendarios ya apretados, la primera voz que debería escucharse con firmeza es la de la Agremiación de Futbolistas Profesionales del Perú, SAFAP. Sin embargo, hasta el cierre de esta columna, no se conoce un pronunciamiento público específico, contundente y preventivo sobre las condiciones en las que los jugadores participarán en esta nueva competencia.

Y ese silencio preocupa. Preocupa porque la Copa Caliente no aparece en un ecosistema ordenado, profesional y saludable. Aparece en el fútbol peruano real: el de estadios prestados, canchas cuestionadas, clubes sin infraestructura propia, viajes desgastantes, presupuestos limitados y calendarios que muchas veces se diseñan pensando primero en la transmisión, el auspicio o el negocio, y después en el cuerpo del futbolista. Se habla de espectáculo, de descentralización, de 34 equipos, de Liga 1 y Liga 2 reunidas, de ciudades movilizadas y de una nueva fiesta deportiva. Pero muy poco se habla de quién paga físicamente esa fiesta: el jugador.

SAFAP ya demostró que puede alzar la voz cuando quiere. En marzo cuestionó la organización inicial de la Liga 2 y denunció que un torneo corto afectaba la estabilidad laboral de los futbolistas. Esa posición fue correcta y necesaria. Pero precisamente por eso resulta más llamativo que, ante una nueva competencia que ampliará la carga deportiva, no exista una postura igual de firme sobre descanso, recuperación, seguridad, estado de los campos, protocolos médicos, seguros, traslados, hidratación, superficies de juego y condiciones mínimas para competir. Defender al futbolista no es solo exigir más meses de trabajo. También es exigir que ese trabajo no se realice en condiciones que aumenten el riesgo de lesión.

La integridad física del jugador no puede ser una frase decorativa en los comunicados. Debe ser una línea roja. Si un torneo se va a jugar entre junio y noviembre, en paralelo a una temporada ya exigente, SAFAP debería exigir públicamente una matriz de garantías antes del inicio de la competencia. ¿Qué estadios serán autorizados? ¿Con qué criterios técnicos? ¿Quién certificará el estado del césped natural o artificial? ¿Qué ocurrirá con los campos que no cumplan estándares mínimos? ¿Habrá control médico independiente? ¿Se respetarán tiempos razonables de descanso entre partidos? ¿Qué medidas habrá para futbolistas de Liga 2 que suelen convivir con mayor precariedad contractual y logística?

El caso de Estudiantil CNI debería bastar para encender todas las alarmas. Un club de Iquitos obligado a jugar fuera de su ciudad por las condiciones del estadio Max Augustín no es un detalle administrativo: es una señal de abandono. Si un equipo no puede ejercer su localía en condiciones adecuadas, ¿cómo se puede hablar alegremente de descentralización? La descentralización no se decreta desde un sorteo ni se vende con una campaña publicitaria. Se construye con estadios aptos, campos seguros, inversión sostenida y respeto por quienes entran a la cancha.

En el fútbol peruano se ha normalizado una idea peligrosa: que el jugador debe adaptarse a todo. A la mala cancha, al viaje incómodo, al calendario apretado, al camerino deficiente, a la falta de planificación, al calor, a la altura, al césped sintético vencido, al atraso logístico y al apuro dirigencial. Luego, cuando llegan las lesiones, todos miran al piso. Nadie fue responsable. Nadie sabía. Nadie imaginó. Esa película ya la conocemos.

Por eso SAFAP no puede limitarse a observar. Si la Copa Caliente pretende ser un torneo serio, debe empezar por respetar al futbolista. Y si no existen garantías, la agremiación debe decirlo con claridad antes de que ruede la pelota. No después. No cuando ya haya lesionados. No cuando el torneo esté en marcha y todo reclamo parezca una incomodidad para el negocio.

La crítica no busca debilitar a SAFAP, sino exigirle coherencia. Un gremio fuerte no solo reacciona ante el abuso consumado; previene el daño. Un gremio fuerte no espera que el calendario se imponga; participa, fiscaliza y condiciona. Un gremio fuerte no permite que el jugador sea tratado como simple insumo de una competencia diseñada para generar ingresos.

La Copa Caliente puede ser presentada como innovación, pero sin garantías puede convertirse en una carga más sobre cuerpos ya exigidos. Y si SAFAP guarda silencio ante ese riesgo, ese silencio también será parte del problema. Porque en el fútbol peruano las lesiones no siempre nacen de una jugada fuerte. A veces nacen de la improvisación, de la precariedad y de la omisión de quienes debieron hablar a tiempo. (Foto: lacajanegra.blog).

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