Por El Capibara, periodista silvestre, libre y sin dueño. Desde la eternidad, donde los filósofos ya no hacen cola para votar, no aguantan encuestas de madrugada ni soportan campañas que prometen refundar la patria con el mismo manual gastado de siempre, hemos convocado a Jean-Jacques Rousseau para hablar de la segunda vuelta electoral en el Perú.
El dato no es menor: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez pasaron a segunda vuelta con 4´892,792 votos entre ambos frente a 27´325,432 electores hábiles. Fujimori obtuvo 2´877,678 votos y Sánchez 2´015,114, según el conteo oficial reportado por la ONPE y recogido por la prensa. La segunda vuelta está prevista para el 7 de junio de 2026.
Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando más de 22 millones de electores no votaron por ninguno de los dos finalistas? ¿Estamos ante una segunda vuelta sólida o ante una elección legalmente válida, pero políticamente flaca, cansada y llena de desconfianza?.
La ley peruana contempla una posibilidad que no debe tratarse como berrinche ni como fantasía: la nulidad total de una elección puede declararse cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos válidos, según la Ley Orgánica de Elecciones y la explicación de la ONPE. Además, para elegir presidente se exige más de la mitad de los votos válidos, sin computar votos viciados ni en blanco.
Capibara: Señor Rousseau, Keiko Fujimori y Roberto Sánchez pasaron a segunda vuelta con menos de cinco millones de votos entre ambos. ¿Qué ve usted?
Rousseau: Veo una segunda vuelta legal, sí, pero con una legitimidad inicial muy débil. La ley abre la puerta, pero no fabrica respaldo popular. Cuando dos finalistas juntos no logran convencer ni siquiera a una quinta parte del padrón, no estamos frente a una fiesta democrática. Estamos frente a una democracia que llega a la final con cara de resignación.
Capibara: ¿Entonces el problema no es que hayan pasado, sino cómo llegaron?
Rousseau: Exacto. Fujimori y Sánchez no entran a esta segunda vuelta cargados por una ola ciudadana. Entran empujados por la fragmentación, el voto disperso y el fracaso de un sistema de partidos que ya no entusiasma ni a sus propios afiches. Legalmente compiten. Políticamente, llegan con una mochila pesada: poca adhesión, mucha desconfianza y un país que parece votar más para evitar que para construir.
Capibara: Empecemos por Keiko Fujimori. ¿Qué representa su candidatura?
Rousseau: Representa una insistencia política que el país conoce demasiado bien. Keiko Fujimori vuelve a tocar la puerta de Palacio como si la historia no pesara, como si la memoria nacional pudiera guardarse en un cajón durante la campaña. Su candidatura no llega limpia de resistencias: arrastra una marca política que divide, confronta y despierta temores democráticos. No basta con prometer orden si una parte importante del país asocia ese apellido con heridas institucionales todavía abiertas.
Capibara: ¿Es una candidata fuerte o una candidata resistente?
Rousseau: Es resistente, no necesariamente fuerte. Ha sobrevivido políticamente, pero sobrevivir no equivale a convencer. Hay candidaturas que crecen porque inspiran; otras permanecen porque polarizan. Fujimori parece haber convertido la segunda vuelta en una estación recurrente, casi una costumbre electoral. Pero el país no puede vivir atrapado entre el miedo a su retorno y el miedo a su alternativa. Eso no es democracia saludable; eso es una democracia obligada a escoger con la mano temblando.
Capibara: ¿Y Roberto Sánchez?
Rousseau: Sánchez llega como el otro rostro de la desconfianza. Intenta presentarse como opción renovada, pero carga con una sombra política que no puede borrar solo cambiando el tono de voz. Muchos electores lo miran y recuerdan improvisación, crisis, discursos confrontacionales y promesas que en el Perú suelen envejecer antes de llegar al primer Consejo de Ministros. Si quiere gobernar, no puede limitarse a decir “no soy el otro”. Tiene que demostrar que no será otra aventura envuelta en lenguaje popular.
Capibara: ¿Sánchez representa esperanza o voto de rechazo?
Rousseau: Puede representar esperanza para algunos sectores históricamente postergados, y eso debe ser escuchado. Pero también representa incertidumbre para otros. El problema es que su candidatura parece crecer no solo por convicción, sino por oposición a Fujimori. Y cuando una candidatura depende demasiado del rechazo al adversario, su mandato nace condicionado. Gobernar no es ganar por descarte; gobernar es sostener una propuesta cuando se apagan los mítines y empieza la realidad.
Capibara: Entonces tenemos a Fujimori con el peso de su apellido y a Sánchez con el peso de la desconfianza. ¿Es esa la tragedia electoral?
Rousseau: Es una de ellas. El Perú ha llegado a una segunda vuelta donde millones podrían sentir que no eligen futuro, sino que administran temor. Un país no debería votar con entusiasmo prestado, con rabia acumulada o con la nariz tapada. Si la democracia termina reducida a escoger entre dos desconfianzas, el sistema tiene que mirarse al espejo con urgencia.
Capibara: Muchos ciudadanos hablan del voto blanco, nulo o viciado. Algunos lo llaman capricho. ¿Qué diría usted?
Rousseau: Llamarlo capricho es una forma cómoda de no escuchar el mensaje. El voto blanco, nulo o viciado puede ser una expresión democrática de rechazo cuando la ciudadanía considera que ninguna opción la representa. No es necesariamente apatía. Puede ser protesta consciente. Puede ser una forma de decir: “No acepto que me obliguen a elegir entre alternativas que no me convencen”.
Capibara: Pero hay quienes dicen que eso no sirve para nada.
Rousseau: Sirve si expresa conciencia política y si alcanza efectos previstos por la ley. En el caso peruano, la propia normativa contempla escenarios de nulidad cuando los votos nulos o en blanco superan el umbral establecido. No basta con que haya muchos votos de protesta: el umbral es alto. Pero decir que no existe posibilidad legal es falso. La ley no solo permite elegir; también reconoce que una elección puede perder sustento si el rechazo ciudadano alcanza una magnitud excepcional.
Capibara: Entonces, ¿una nueva elección presidencial podría ocurrir?
Rousseau: Podría ocurrir si se cumplen las condiciones legales correspondientes. No es automático ni fácil. No se logra con indignación suelta ni con publicaciones virales. Pero tampoco es una fantasía. Si los votos blancos o nulos superaran los dos tercios establecidos por la norma, el sistema tendría que enfrentar una pregunta mayor: ¿puede proclamarse representación donde la ciudadanía ha expresado rechazo masivo?
Capibara: ¿Ese voto de protesta sería antidemocrático?
Rousseau: No necesariamente. Antidemocrático sería impedir que el ciudadano exprese su rechazo dentro de los canales legales. Antidemocrático sería tratar al elector como un simple operador de obediencia. Si la ley reconoce el voto blanco y el voto nulo, entonces el ciudadano tiene derecho a usarlos. Lo importante es que lo haga informado, consciente y sabiendo sus efectos reales, no desde la confusión ni desde la manipulación.
Capibara: ¿Puede decirse que la ciudadanía está tomando conciencia?
Rousseau: Puede decirse que una parte de la ciudadanía parece cansada de votar por descarte. Y ese cansancio, cuando se organiza democráticamente, puede volverse conciencia. El elector que decide no respaldar a ninguno no siempre está huyendo de la política. A veces está entrando en ella de otro modo: rechazando la oferta disponible y exigiendo una representación distinta.
Capibara: ¿Qué deberían entender Fujimori y Sánchez frente a esa posibilidad?
Rousseau: Que el voto de protesta no les pertenece. No pueden tratarlo como error del elector ni como berrinche ciudadano. Fujimori debería preguntarse por qué, después de tantos intentos, sigue despertando una resistencia tan intensa. Sánchez debería preguntarse por qué, pese al hartazgo contra Fujimori, tampoco logra despertar confianza amplia. Ambos deberían entender que el rechazo no nace de la nada: se construye con años de promesas rotas, partidos débiles y liderazgos que piden fe sin ofrecer garantías.
Capibara: ¿La segunda vuelta podría terminar siendo una derrota moral para ambos, incluso si uno gana?
Rousseau: Sí. Si el ganador llega al poder con una ciudadanía partida, desconfiada y con un alto voto de rechazo, tendrá una victoria formal pero una deuda política enorme. Ganar una elección no significa recibir obediencia automática. Un presidente puede ganar legalmente y, aun así, empezar debilitado si millones sienten que votaron contra alguien, no a favor de alguien.
Capibara: ¿Qué crítica directa haría a Keiko Fujimori?
Rousseau: Que no puede seguir presentándose como solución a una crisis política en la que su propio sector ha sido actor central. No basta con hablar de estabilidad si el país la recuerda asociada a confrontación permanente, bloqueo institucional y polarización. Si quiere pedir confianza, debe explicar por qué esta vez sería distinto y no simplemente otra temporada del mismo conflicto con nuevo decorado.
Capibara: ¿Y a Roberto Sánchez?
Rousseau: Que no puede pedir el voto solo como refugio frente al fujimorismo. El antifujimorismo no es plan de gobierno. Debe demostrar solvencia, equipos, claridad económica, respeto institucional y distancia real de cualquier improvisación que haya dañado al Estado. El país no necesita otro experimento administrado con consignas. Necesita gobierno, no ensayo general.
Capibara: ¿Qué pasa si ambos ignoran el mensaje del voto blanco, nulo o viciado?
Rousseau: Cometerán el error clásico de los políticos pequeños: creer que todo voto que no los favorece es ignorancia, rabia o manipulación. A veces el voto que rechaza es el más lúcido. A veces el ciudadano que anula está diciendo algo más profundo que el militante que aplaude. Ignorar ese mensaje sería convertir la democracia en un trámite y al elector en mueble de mesa.
Capibara: ¿La ley vigente convierte ese voto de protesta en una herramienta legítima?
Rousseau: Sí, siempre que se entienda correctamente. No se trata de incendiar el sistema, sino de usar una vía contemplada por el propio sistema. Si la norma establece consecuencias cuando el rechazo electoral alcanza determinado nivel, entonces no estamos ante un capricho, sino ante una herramienta democrática extrema, excepcional y legal. La ciudadanía tiene derecho a conocerla.
Capibara: ¿Cuál sería el mensaje político si el voto blanco, nulo o viciado crece masivamente?
Rousseau: El mensaje sería devastador para los finalistas y para el sistema de partidos: “No nos representan”. Sería una censura ciudadana a la oferta electoral. Sería decir que la democracia peruana no solo necesita segunda vuelta, sino una reconstrucción profunda de sus candidaturas, partidos y liderazgos. Sería una bofetada legal, pacífica y democrática a la resignación.
Capibara: ¿Y si no alcanza el umbral legal?
Rousseau: Igual sería un mensaje. No todo mensaje político necesita anular una elección para tener valor. Un voto blanco o nulo alto puede revelar malestar, advertir fragilidad y condicionar al próximo gobierno. Pero si no alcanza el umbral, habrá ganador. Y ese ganador deberá gobernar sabiendo que una parte importante del país no lo eligió con entusiasmo, sino con distancia o rechazo.
Capibara: ¿Qué le diría al elector peruano?
Rousseau: Que vote con conciencia, no con miedo fabricado. Que no entregue su decisión a campañas de terror ni a consignas de laboratorio. Que revise la ley, entienda los efectos de su voto y asuma su responsabilidad. Votar por una candidatura es democrático. Votar en blanco o anular también puede ser democrático. Lo antidemocrático es votar sin pensar, obedeciendo al ruido.
Capibara: ¿Qué le diría a quienes insultan al ciudadano que evalúa votar blanco, nulo o viciado?
Rousseau: Les diría que respeten al soberano. En una república, el ciudadano no es propiedad de los candidatos. Nadie está obligado moralmente a respaldar una opción que no lo representa. La democracia no consiste en forzar entusiasmo donde solo hay desconfianza. Consiste en permitir que el pueblo exprese su voluntad, incluso cuando esa voluntad incomoda a quienes quieren convertir la elección en trámite.
Capibara: ¿Cuál es la gran lección de esta segunda vuelta?
Rousseau: Que el Perú no está solo ante dos candidatos. Está ante un espejo. Fujimori y Sánchez son nombres propios, pero el problema es estructural: partidos sin raíces, liderazgos sin confianza suficiente, campañas que polarizan más de lo que proponen y una ciudadanía que empieza a entender que su voto no es una obligación muda, sino una herramienta de juicio político.
La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez será legal, formal y constitucional. Pero legalidad no significa entusiasmo. Y procedimiento no significa representación profunda.
Fujimori llega con una resistencia histórica que no puede taparse con discursos de orden. Sánchez llega con una mochila de incertidumbre que no puede esconderse detrás del rechazo al fujimorismo. Ambos compiten, pero ninguno debería actuar como si el país entero los estuviera esperando en la puerta de Palacio con banda presidencial y aplausos.
El voto blanco, nulo o viciado no debe ser tratado como pataleta ciudadana. En una democracia, también puede ser una forma legítima de protesta. Y en el Perú, bajo las condiciones previstas por la ley, incluso puede tener consecuencias mayores si alcanza el umbral legal correspondiente. No es capricho. No es ignorancia. No es berrinche. Es una posibilidad contemplada por el ordenamiento electoral, aunque excepcional y difícil.
Si millones de ciudadanos deciden expresar rechazo a las dos opciones, el mensaje será imposible de maquillar: la democracia peruana no solo necesita elegir presidente; necesita recuperar representación, credibilidad y sentido de país.
Se despide El Capibara, periodista silvestre, libre y sin dueño, recordando que la democracia no consiste únicamente en contar votos para coronar ganadores, sino en escuchar también esos votos que, desde el blanco, el nulo o el viciado, pueden estar gritando algo más serio: “Así no nos representan”. (Foto: lacajanegra.blog).
