El país partido en dos: la factura de una década de crisis

Menos de 40 mil votos separan a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez en una elección donde más de 19 millones de peruanos acudieron a las urnas. El dato ha sido presentado como una muestra de competitividad democrática. Sin embargo, detrás de esa aparente fortaleza electoral se esconde una realidad mucho más incómoda: el Perú no está celebrando una democracia vigorosa, sino exhibiendo las consecuencias de años de crisis política, confrontación permanente y pérdida de confianza en quienes gobiernan o aspiran a gobernar.

Que una elección sea una de las más ajustadas de América Latina no necesariamente constituye una buena noticia. También puede ser la evidencia de un país fracturado, desconfiado y atrapado entre proyectos políticos incapaces de construir consensos duraderos.

Durante la última década, el Perú ha tenido una sucesión de presidentes, vacancias, investigaciones, enfrentamientos institucionales y promesas incumplidas. El resultado es un país que parece votar más por rechazo que por convicción. Millones de ciudadanos no acudieron a las urnas impulsados por la esperanza, sino por el temor a que gane la opción que consideran menos conveniente.

La verdadera alarma no está en el estrecho margen electoral. La alarma está en que la política peruana ha llegado al punto donde casi la mitad del país considera inaceptable la opción respaldada por la otra mitad. Esa es la consecuencia de años de discursos polarizantes, campañas basadas en el miedo y dirigentes más preocupados por derrotar adversarios que por resolver problemas.

Mientras los actores políticos discuten actas observadas, nulidades, impugnaciones y recursos legales, la inseguridad ciudadana continúa creciendo, la economía familiar sigue bajo presión y millones de peruanos esperan respuestas concretas a necesidades urgentes. El país real avanza a una velocidad distinta a la de la clase política.

La estrechez de los resultados también deja una advertencia para quien finalmente asuma la Presidencia. Gobernar con una diferencia mínima no otorga un cheque en blanco. Por el contrario, exige humildad política, capacidad de diálogo y respeto por quienes votaron de manera distinta.

Estas elecciones no solo están definiendo un ganador. Están revelando el profundo desgaste de un sistema político que ha perdido la capacidad de generar confianza, estabilidad y proyectos nacionales compartidos.

Reflexión final
La democracia peruana ha demostrado que puede organizar elecciones competitivas incluso en medio de la incertidumbre. Pero una democracia no se fortalece únicamente contando votos. También necesita instituciones sólidas, liderazgos responsables y una ciudadanía que vuelva a creer en la política como herramienta de transformación. Cuando una elección se convierte en un duelo de desconfianzas y no en una competencia de propuestas, la victoria puede tener nombre propio, pero el desgaste termina siendo colectivo. El verdadero desafío no es ganar por unos miles de votos. El verdadero desafío es reconstruir un país que lleva demasiado tiempo dividido, enfrentado y decepcionado de quienes dicen representarlo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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