El voto digital vuelve a quedar fuera de las elecciones regionales

El voto digital volvió a quedarse en la puerta de las Elecciones Regionales y Municipales 2026. La ONPE no implementará el piloto previsto y el país deberá resignarse, otra vez, a mirar la modernización electoral desde la vereda del discurso. La explicación oficial habla de limitaciones críticas, plazos ajustados y riesgos para el cronograma. Todo puede sonar razonable. El problema es que en el Perú la “falta de condiciones” se ha convertido en una elegante manera de decir que el Estado no planificó a tiempo.

Nadie sensato puede pedir que el voto digital se aplique a la carrera, sin seguridad, sin auditoría, sin capacitación y sin garantías. La democracia no puede convertirse en laboratorio improvisado ni en juguete tecnológico para funcionarios entusiasmados con titulares de innovación. Pero justamente ahí está la gravedad del caso: si no había condiciones, ¿por qué se permitió que la promesa avanzara hasta terminar, como tantas otras, archivada en el cajón de las buenas intenciones?

El Perú habla de transformación digital como quien repite una frase de moda en conferencias públicas. Se llenan documentos, se anuncian pilotos, se crean comisiones, se multiplican presentaciones, pero cuando llega la hora de ejecutar, aparece el mismo viejo libreto: no hay tiempo, no hay capacidad, no hay presupuesto, no hay garantías. Siempre falta algo. Y casi siempre lo que falta es gestión.

El voto digital no era la solución mágica a la crisis de confianza electoral. No iba a borrar de un clic la polarización, las sospechas, la desinformación ni la precariedad institucional. Pero sí podía ser una oportunidad para iniciar, con prudencia, una transición seria hacia un sistema más ágil, accesible y moderno. En cambio, el mensaje que recibe la ciudadanía es deprimente: ni siquiera somos capaces de probar el futuro en pequeño.

La postergación también desnuda una contradicción peligrosa. Se exige a los ciudadanos confianza en las instituciones, pero las instituciones no siempre demuestran capacidad para ganársela. Después de elecciones marcadas por tensiones, denuncias, dudas y discursos incendiarios, cualquier reforma electoral debería construirse con anticipación quirúrgica. No se puede improvisar confianza a última hora.

La suspensión del piloto puede ser técnicamente prudente, pero políticamente es una derrota. No por haber evitado un riesgo, sino por haber demostrado que el Estado peruano sigue atrapado entre la promesa moderna y la ejecución antigua. La tecnología no fracasó; fracasó la planificación.

Reflexión final
El voto digital quedó fuera, pero el verdadero ausente sigue siendo otro: un Estado capaz de pensar más allá del próximo trámite. Mientras otros países discuten cómo perfeccionar sus sistemas, el Perú todavía discute si está listo para ensayar. Así, la modernidad no llega tarde: llega cansada, mal preparada y, muchas veces, cancelada antes de empezar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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