Infantino y la FIFA: el fútbol arrodillado ante la política

Gianni Infantino dirige la FIFA como quien administra un imperio rodeado de banderas, presidentes, cámaras, alfombras rojas y ceremonias perfectamente iluminadas. El problema es que el fútbol mundial no necesita un maestro de protocolo; necesita un guardián de la justicia deportiva. Y bajo su conducción, la FIFA parece cada vez más cómoda en los salones del poder y más distante de la cancha, de los hinchas y de los principios que dice defender. La política ya no toca la puerta del fútbol: entra, se sienta, levanta la mano y hasta parece pedir el menú.

La última controversia alrededor de Folarin Balogun terminó de encender las alarmas. El delantero de Estados Unidos había sido expulsado ante Bosnia-Herzegovina y, bajo la lógica habitual de una tarjeta roja directa, debía cumplir una suspensión automática. Pero la FIFA decidió suspender la sanción por un periodo de prueba de un año, permitiéndole jugar frente a Bélgica en octavos de final. Reuters informó que Donald Trump reconoció haber pedido a Infantino revisar la tarjeta roja, defendiendo su intervención como una solicitud para corregir lo que consideraba una decisión arbitral “horrible”.

La decisión desató una reacción inmediata. La UEFA calificó la medida de la FIFA como “sin precedentes, incomprensible e injustificable”, advirtiendo que golpea la integridad y la credibilidad del deporte. Bélgica, directamente afectada, reclamó explicaciones y documentación, pero la FIFA rechazó su impugnación alegando que la federación belga no era parte del procedimiento original. En otras palabras: una decisión excepcional beneficia al anfitrión, pero el rival no puede exigir claridad suficiente. Esa no es transparencia; es una puerta cerrada con lenguaje jurídico.

La FIFA exige neutralidad, disciplina y prudencia a jugadores, federaciones y selecciones. Si un futbolista muestra un mensaje incómodo, aparece el reglamento. Si una federación levanta la voz, aparece la advertencia. Si un hincha protesta, aparece la seguridad. Pero cuando la alta dirigencia se rodea de mandatarios, premios políticos, llamadas presidenciales, gestos diplomáticos y decisiones opacas, entonces el reglamento se vuelve flexible, elegante y convenientemente silencioso.

El caso Balogun no aparece solo. Se suma a la controversia por el llamado “Premio de la Paz de la FIFA” entregado a Donald Trump, cuestionado por la Federación Noruega de Fútbol y por su presidenta, Lise Klaveness, quien pidió eliminar ese galardón para proteger la neutralidad política del organismo. La federación noruega también respaldó una denuncia ética contra Infantino por considerar que el premio comprometía los principios de imparcialidad de la FIFA.

Ahí está la gran contradicción de Infantino: predicar independencia mientras cultiva cercanía con el poder. Hablar de valores mientras la FIFA proyecta una imagen fascinada por gobiernos, negocios e influencia. Defender el “fair play” en los discursos, pero permitir que la percepción pública vea otra cosa en los despachos. El problema no es una foto, una llamada o una ceremonia aislada. El problema es la acumulación de señales. Y cuando las señales apuntan siempre hacia el poder, la sospecha deja de ser ruido y se convierte en síntoma.

Lo más grave es el silencio de muchos dirigentes. Presidentes de federaciones y confederaciones que conocen el problema murmuran en privado y aplauden en público. Nadie quiere incomodar a la cúpula. Nadie quiere perder el asiento, el voto, el viaje, el comité o la invitación. Así se construye una estructura complaciente: con discursos de independencia y prácticas de obediencia.

Infantino debe entender que la FIFA no puede seguir usando la palabra neutralidad como adorno institucional mientras coquetea con la política. El fútbol necesita menos alfombras rojas, menos sonrisas con mandatarios y más reglas claras. Menos diplomacia de escaparate y más rendición de cuentas. Menos culto al poder y más respeto por la cancha.

Reflexión final
Cuando la política entra a la FIFA, el fútbol pierde limpieza. Cuando el reglamento se endurece para los débiles y se suaviza para los poderosos, la pelota se mancha. Y cuando Infantino parece más preocupado por agradar a los gobiernos que por proteger la credibilidad del juego, el problema ya no está en el VAR ni en el árbitro. Está en la cabeza del sistema. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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