Un país partido en dos: gobierno nuevo, crisis de siempre

El Perú vuelve a cambiar de gobierno, pero no necesariamente de destino. Tras un proceso electoral ajustado, marcado por la polarización y la desconfianza, el país confirma una vieja enfermedad nacional: elegimos autoridades, pero no logramos reconstruir confianza. Keiko Fujimori fue declarada ganadora con 50.135% frente al 49.865% de Roberto Sánchez, una diferencia mínima que revela más que una victoria: revela un país partido en dos.

El nuevo gobierno nace con certificado electoral, pero con una legitimidad social en observación. Porque una cosa es ganar en las actas y otra muy distinta es gobernar una nación donde casi la mitad de los votantes miran el resultado con distancia, molestia o abierta sospecha. La democracia peruana, tan acostumbrada a sobrevivir entre crisis, otra vez respira con dificultad.

La política nacional parece haber convertido la polarización en método y la confrontación en espectáculo. Cada elección ya no busca convencer, sino derrotar. Cada campaña ya no propone país, sino enemigo. Y luego, con admirable cinismo institucional, los mismos actores que encendieron la pradera aparecen pidiendo unidad, diálogo y serenidad. Como si la fractura nacional fuera un mal clima y no el resultado de años de irresponsabilidad política.

El reto de Keiko Fujimori será gobernar sin agravar esa grieta. Su triunfo no puede ser leído como cheque en blanco ni como autorización para administrar el Estado desde la revancha, el cálculo o el blindaje partidario. El país necesita señales de apertura, transparencia y respeto institucional. No necesita más soberbia, más pactos oscuros ni más discursos solemnes para justificar las mismas prácticas de siempre.

La gobernabilidad será el primer campo minado. Perú ha tenido una década de inestabilidad política y presidencias debilitadas; por eso, cualquier nuevo gobierno que confunda autoridad con imposición terminará acelerando el desgaste. Reuters ha señalado que Fujimori asumirá en un escenario de alta polarización, Congreso fragmentado y fuertes desafíos para unificar al país.

La ciudadanía no espera milagros, pero sí exige decencia. Quiere seguridad frente a la delincuencia, justicia frente a la corrupción, empleo frente a la incertidumbre y Estado frente al abandono. Quiere saber si el nuevo gobierno llega a resolver problemas o a repetir la coreografía de siempre: promesas, cuotas, crisis y explicaciones tardías.

Un país partido en dos no se gobierna con triunfalismo. Se gobierna con humildad, capacidad y una profunda conciencia de límite. Keiko ganó la elección, pero todavía debe ganarse la confianza de un Perú que no entrega paciencia gratis.

Reflexión final
El nuevo gobierno empieza sobre una vieja crisis: la desconfianza. Y mientras la política siga creyendo que ganar basta, el Perú seguirá perdiendo lo más importante: fe en sus instituciones. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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