La gestión de José María Balcázar enfrenta un cuestionamiento que golpea directamente la sensibilidad ciudadana: los gastos superfluos en diversas entidades del Ejecutivo. Según un reportaje de Cuarto Poder, durante los primeros cuatro meses de gobierno se identificaron adquisiciones y contrataciones que difícilmente pueden explicarse ante un país con hospitales saturados, colegios precarios, inseguridad desbordada y familias obligadas a estirar cada sol. El problema no es solo presupuestal. Es ético, político y profundamente simbólico.
Mientras el ciudadano común calcula el pasaje, reduce compras, posterga medicinas o espera meses por un trámite, algunas oficinas públicas parecen vivir en otra realidad. El informe periodístico señala gastos en coffee breaks, gincanas institucionales, camisetas, almuerzos de integración, desayunos, kits antiestrés, monederos, juegos de manicura, muebles costosos y remodelaciones. La pregunta cae sola: ¿ese era el uso más urgente del dinero público?
Uno de los casos más llamativos corresponde al Ministerio de Energía y Minas, donde se reportaron cerca de 100 mil soles destinados a la celebración de su aniversario institucional. Figuran S/ 15,600 para coffee break, S/ 28,600 para una gincana, S/ 35,000 para camisetas con logotipo y S/ 27,000 para un almuerzo de integración. En un país serio, cada gasto público debería pasar por el filtro de la necesidad, la austeridad y el beneficio ciudadano. En el Perú, demasiadas veces parece pasar primero por el filtro de la comodidad administrativa.
El Ministerio del Ambiente también aparece con desembolsos por desayunos institucionales y kits antiestrés. La ironía es difícil de ignorar: un Estado que produce estrés diario con trámites lentos, servicios deficientes y respuestas tardías compra relajación puertas adentro. No se trata de negar bienestar laboral, sino de exigir criterio. La función pública no puede confundirse con privilegio financiado por contribuyentes.
El Despacho Presidencial tampoco queda al margen: coffee breaks, bebidas gaseosas y talleres de ética e integridad figuran entre los gastos observados. Hablar de ética mientras se cuestiona la pertinencia del gasto público resulta, como mínimo, incómodo. La integridad no se demuestra con talleres decorativos, sino con decisiones austeras, transparentes y responsables.
También se reportaron compras en Mincetur y remodelaciones vinculadas a Produce, incluyendo mobiliario de alto costo. Aunque hubo aclaraciones oficiales sobre algunas adquisiciones, eso no elimina la necesidad de revisar, corregir y sancionar cuando corresponda.
Los gastos superfluos en la gestión de José María Balcázar no pueden tratarse como simples detalles administrativos. Cada sol público mal priorizado es una señal de desconexión con el país real. La legalidad de una compra no basta si carece de sentido ético y social.
Reflexión final
El Perú no necesita un Estado que celebre más, compre adornos o se acomode mejor en sus oficinas. Necesita un gobierno austero, eficiente y consciente del sufrimiento ciudadano. Porque cuando el poder gasta en lo accesorio mientras el país espera lo esencial, la indignación no es exageración: es defensa legítima del dinero público. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
