La posibilidad de que Donald Trump impulse a Gianni Infantino como próximo secretario general de las Naciones Unidas no es una anécdota diplomática ni una simple demostración de amistad. Es una señal inquietante sobre cómo las relaciones personales, los favores políticos y la cercanía al poder pueden intentar abrirse paso hasta una de las instituciones más importantes del sistema internacional.
La ONU no es un palco preferencial ni una ceremonia de premiación. Tampoco debería convertirse en la siguiente escala profesional de un dirigente cuya gestión al frente de la FIFA ha quedado rodeada de cuestionamientos sobre independencia, neutralidad y proximidad con gobiernos poderosos.
Trump considera que Infantino es una figura respetada y capaz de conciliar posiciones. Sin embargo, el verdadero problema no está en los elogios, sino en los antecedentes que acompañan esa candidatura todavía especulativa.
Durante el Mundial 2026, la relación entre ambos quedó expuesta en episodios que debilitan la apariencia de autonomía de la FIFA. Según la información difundida, Trump telefoneó a Infantino para pedir la revisión de una sanción contra un jugador estadounidense. Posteriormente, la suspensión fue dejada sin efecto, pese a que el presidente de la FIFA defendió la independencia de sus órganos disciplinarios.
La contradicción es evidente. Si las decisiones eran plenamente autónomas, ¿por qué un jefe de Estado intervino directamente en un asunto deportivo? Y si la llamada no tuvo consecuencias, ¿por qué el resultado terminó favoreciendo exactamente lo solicitado?
A ello se suma la creación del primer Premio de la Paz de la FIFA, otorgado al propio Trump. El gesto puede presentarse como institucional, pero resulta difícil separar el reconocimiento de la relación política construida entre ambos. Cuando un dirigente deportivo entrega premios a un gobernante y luego aparece como posible candidato promovido por ese mismo gobernante, la sospecha de reciprocidad no es descabellada: es una consecuencia razonable.
El cargo de secretario general de la ONU exige independencia, solvencia moral, experiencia diplomática y capacidad para representar a países con intereses profundamente distintos. No debería definirse por amistades, fotografías compartidas, halagos mutuos ni favores acumulados.
Reflexión final
El mundo ya tiene demasiadas instituciones debilitadas por dirigentes que confunden cooperación con sumisión y diplomacia con conveniencia. La ONU necesita una autoridad capaz de poner límites a los poderosos, no alguien que deba su candidatura al respaldo de uno de ellos. Cuando el poder premia la obediencia, la institucionalidad deja de ser un principio y se convierte en una moneda de cambio. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
