Infantino convierte a la FIFA en un negocio para inversionistas

Gianni Infantino pretende presentar como modernización lo que, en realidad, puede convertirse en una transformación profunda y peligrosa del gobierno del fútbol. Permitir el ingreso de capital privado a la estructura comercial de la FIFA no significa únicamente conseguir nuevos recursos. Supone abrir la puerta a inversionistas que no llegan por amor al juego, sino por la rentabilidad que puede producir el espectáculo deportivo más poderoso del planeta.

La pregunta ya no es cuánto dinero ingresará, sino cuánto poder terminará comprando ese dinero.

La FIFA sostiene que podría conservar el control institucional mientras entrega una participación minoritaria de sus negocios comerciales. La explicación parece tranquilizadora: los inversionistas aportarían capital, pero las decisiones deportivas continuarían en manos del organismo. Sin embargo, esa separación es más teórica que real.

Quien invierte exige resultados. Y en el negocio del fútbol, los resultados financieros dependen del calendario, la cantidad de partidos, los horarios, las sedes, los derechos audiovisuales, la venta de entradas y la explotación de los aficionados. Por tanto, el capital privado no necesitaría ocupar formalmente un asiento en el comité ejecutivo para influir: bastaría con presionar para que cada torneo genere más ingresos.

El Mundial ya pasó de 32 a 48 selecciones y de 64 a 104 partidos. La Copa Mundial de Clubes también fue ampliada. El calendario internacional está saturado, los futbolistas denuncian sobrecarga y las entradas se alejan progresivamente de los sectores populares. Aun así, Infantino parece convencido de que el fútbol todavía puede exprimirse un poco más.

El riesgo es evidente: más encuentros, menos descanso, mayores precios y competiciones diseñadas según las necesidades de la televisión y los mercados, no necesariamente del deporte. El aficionado dejaría de ser parte esencial del fútbol para convertirse definitivamente en cliente; el jugador, en activo comercial; y el Mundial, en una cartera de inversión.

También resulta inquietante el desequilibrio de poder. Muchas federaciones dependen económicamente de los recursos distribuidos por la FIFA. Prometerles mayores transferencias antes de una decisión trascendental podría debilitar cualquier debate independiente. Cuando el respaldo institucional se construye mediante la dependencia financiera, la democracia deportiva corre el riesgo de convertirse en obediencia presupuestada.

El capital privado puede aportar tecnología y recursos, pero no existe inversión inocente ni rentabilidad sin condiciones. Sin controles independientes, límites expresos y transparencia absoluta, la FIFA podría vender una participación minoritaria del negocio y terminar cediendo una parte sustancial del rumbo del fútbol.

Reflexión final
Infantino habla de crecimiento, pero crecer no siempre significa avanzar. El fútbol no necesita convertirse en una empresa cada vez más rica y menos humana. Cuando el Mundial sea valorado únicamente por lo que factura, habrá comenzado a perder aquello que ningún inversionista puede comprar: su identidad, su historia y su vínculo con la gente. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

Lo más nuevo

Artículos relacionados