Gianni Infantino fue derrotado políticamente por la UEFA, Concacaf y varias asociaciones que rechazaron su intento de abrir el negocio comercial del Mundial a inversionistas privados. La rebelión obligó a la FIFA a retroceder y dejó al descubierto un proyecto apresurado, cuestionado y carente del consenso que una decisión de semejante magnitud exigía.
Pero la derrota de Infantino también reveló otra vergüenza institucional: la Conmebol de Alejandro Domínguez fue incapaz de decir “no”. Mientras otros defendieron su autonomía, Sudamérica eligió inclinar la cabeza, redactar un comunicado ambiguo y esperar que la tormenta pasara sin incomodar al poder.
La Conmebol sostuvo que las decisiones comerciales deben servir al fútbol y no colocarse por encima de su esencia. Una frase elegante, útil para decorar una pared, pero inútil para responder lo esencial: ¿apoyaba o rechazaba el proyecto?
UEFA y Concacaf fueron claras. Cuestionaron los plazos artificialmente cortos, la falta de garantías, la ausencia de controles y la pretensión de comprometer parte del patrimonio comercial del Mundial. Conmebol, en cambio, pidió más información, habló de prudencia y llamó a la unidad. Es decir: no asumió ningún riesgo, no defendió ninguna línea y no incomodó a nadie.
Alejandro Domínguez preside la Confederación Sudamericana y además ocupa una vicepresidencia en la FIFA. Esa doble condición debía obligarlo a representar con firmeza a la región. Ocurrió lo contrario: el comunicado pareció diseñado para proteger su cercanía con Infantino.
Lo más grave es que la Conmebol quedó mal incluso después de que el proyecto fuera derrotado. No fue parte de la resistencia, no lideró una propuesta alternativa y tampoco defendió públicamente el uso de las reservas de la FIFA antes de entregar derechos a capitales privados. Simplemente esperó. Y cuando quedó claro quién había ganado, Sudamérica ya había quedado retratada como un bloque obediente.
Las diez federaciones nacionales tampoco ofrecieron señales de independencia. Ninguna fijó postura con claridad. Mucha solemnidad en congresos, fotografías y ceremonias; muy poco valor cuando llegó el momento de defender el patrimonio del fútbol.
Infantino perdió su proyecto. UEFA y Concacaf demostraron que todavía existen límites. Conmebol, en cambio, perdió algo más difícil de recuperar: credibilidad.
Reflexión final
Domínguez pudo colocarse al frente de Sudamérica. Prefirió mantenerse cerca del poder. Llamó prudencia a la indefinición y unidad al silencio.
Cuando una confederación se arrodilla antes de saber quién ganará, termina quedando mal con todos: con quienes resistieron, con quienes esperaban liderazgo y, sobre todo, con el fútbol que decía representar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
