Cada vez que un hospital público anuncia que se quedó sin medicamentos esenciales, el discurso oficial encuentra una explicación distinta: problemas logísticos, retrasos administrativos, procesos de compra o falta de presupuesto. Cambian las excusas, pero el resultado permanece inalterable. El paciente llega con la esperanza de recibir tratamiento y termina con una receta en la mano y la obligación de recorrer farmacias privadas para comprar aquello que el Estado debía garantizar.
En el Perú, la escasez de medicinas ha dejado de ser una emergencia excepcional para convertirse en un síntoma crónico de un sistema que sobrevive administrando carencias en lugar de solucionarlas. ¿El cuestionado ministro fujimorista Luis Dyer podrá revertir la crisis en el Perú?
La salud pública no puede depender de la suerte. Sin embargo, miles de pacientes descubren diariamente que acceder a un medicamento puede ser más difícil que conseguir una cita médica. Mientras los hospitales reportan quiebres de stock, quienes padecen enfermedades crónicas, cáncer, diabetes, hipertensión o infecciones graves son los primeros en enfrentar las consecuencias de una cadena de decisiones que falla desde la planificación hasta la distribución.
Resulta paradójico que un país que incrementa año tras año su presupuesto en salud continúe registrando hospitales sin insumos básicos. El problema ya no parece limitarse a la falta de recursos. También revela deficiencias en la gestión pública, compras tardías, procesos burocráticos excesivos y una preocupante ausencia de supervisión sobre el abastecimiento.
La consecuencia siempre recae sobre el ciudadano. Quien tiene recursos compra los medicamentos en una farmacia privada. Quien no los tiene posterga su tratamiento, reduce las dosis prescritas o simplemente abandona la terapia. En salud, esa diferencia no solo profundiza la desigualdad; también puede traducirse en complicaciones, discapacidades evitables e incluso pérdidas de vidas humanas.
La ironía resulta inevitable. El Estado reconoce el derecho constitucional a la salud, pero con demasiada frecuencia entrega establecimientos donde faltan medicamentos, especialistas, equipos médicos e infraestructura adecuada. Se inauguran hospitales, se anuncian reformas y se presentan planes de modernización, mientras los pacientes continúan escuchando la frase que ningún enfermo debería recibir: «No hay en farmacia».
La verdadera reforma sanitaria no empieza con nuevos anuncios ni ceremonias de inauguración. Comienza cuando cada hospital garantiza un abastecimiento permanente, procesos de compra transparentes, logística eficiente y una gestión capaz de anticipar las necesidades de la población.
Reflexión final
Un hospital sin medicinas pierde una parte esencial de su razón de existir. La salud pública no puede sostenerse únicamente con edificios, discursos o estadísticas optimistas. Se sostiene con tratamientos oportunos, atención digna y medicamentos disponibles cuando el paciente los necesita. Mientras conseguir una medicina siga dependiendo del bolsillo del ciudadano y no de la responsabilidad del Estado, el sistema de salud continuará en cuidados críticos y la deuda con millones de peruanos seguirá creciendo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
