En una estructura históricamente dominada por hombres, dos mujeres asumieron el papel que demasiados dirigentes prefirieron evitar: enfrentar de manera directa el proyecto impulsado por Gianni Infantino. Laura McAllister, vicepresidenta de la UEFA, y Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, encabezaron la resistencia contra FIFA Forward Enterprise, la iniciativa que pretendía abrir al capital privado una parte del negocio comercial de la Copa del Mundo.
Mientras varios dirigentes calculaban cargos, alianzas y futuras subvenciones, ambas denunciaron lo que calificaron como “chantaje económico” y plantearon incluso un boicot a las competiciones de la FIFA. No fue una reacción teatral. Fue una respuesta política frente a un modelo que pretendía convertir las necesidades financieras de las federaciones en votos previsibles.
Según la reconstrucción de The Athletic, McAllister exigió durante una reunión de emergencia de la UEFA una oposición total al proyecto. Klaveness respaldó una respuesta severa y dejó abierta la discusión sobre un eventual cambio de liderazgo en la FIFA. Su autoridad no proviene únicamente de los despachos: ambas fueron futbolistas internacionales y conocen el deporte desde la cancha, no solo desde las oficinas.
McAllister participó en la lucha para que Gales reconociera formalmente a su selección femenina en 1992. Klaveness disputó 73 partidos con Noruega, estudió Derecho y en 2022 se convirtió en la primera mujer en presidir su federación en 120 años. No llegaron a los espacios de poder para completar una fotografía institucional. Llegaron para cuestionar una estructura acostumbrada a la unanimidad y al silencio.
La propuesta de Infantino necesitaba 106 votos entre las 211 asociaciones. UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática cerraron el paso. El proyecto cayó, pero dejó preguntas incómodas: ¿por qué ofrecer recursos extraordinarios a federaciones dependientes antes de una votación? ¿Dónde terminaba el desarrollo y dónde comenzaba la presión financiera?
El contraste es revelador. La FIFA habla de inclusión, pero solo 10 de sus 211 federaciones están presididas por mujeres. Durante más de un siglo, ellas fueron relegadas de los espacios reales de decisión. Ahora, dos de las pocas que alcanzaron posiciones relevantes ayudaron a detener una operación que muchos dirigentes con décadas de poder no se atrevieron a enfrentar.
McAllister y Klaveness demostraron que gobernar no significa conservar un asiento en silencio. Significa fiscalizar, preguntar y poner límites.
Reflexión final
La FIFA suele reclamar más mujeres en cargos destacados. Esta vez comprobó lo que ocurre cuando llegan con voz propia: no confunden lealtad con obediencia.
FIFA Forward Enterprise cayó porque alguien se atrevió a llamar presión a la presión y negocio al negocio. El fútbol necesita menos dirigentes agradecidos y más autoridades dispuestas a incomodar al poder. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
