La Copa Perú vuelve a mostrar su rostro más preocupante. Cuatro jugadores de Juventud Bellavista de Trujillo —Carlos Ascues, Paulo Lovera, Fabrizio Roca y Alexi Gómez— fueron mencionados en un video con presuntas amenazas de muerte antes del partido frente a FC Sport River, programado para el domingo 9 de agosto de 2026, a las 3:30 p. m., en el estadio Mansiche de Trujillo.
El encuentro corresponde a la semifinal de ida de la Etapa Departamental y abre una llave de 180 minutos por un lugar en la Etapa Nacional. Sin embargo, la atención ya no está concentrada únicamente en el resultado. Cuando un futbolista debe pensar si su desempeño puede poner en riesgo su vida, el fútbol deja de ser competencia y se convierte en territorio de intimidación.
Este episodio no aparece en un campeonato ejemplar. La Copa Perú arrastra cuestionamientos por escenarios deficientes, limitada seguridad, arbitrajes discutidos, organización improvisada y sospechas sobre apuestas ilegales o manipulación de resultados. Ahora, las presuntas amenazas confirman que el abandono institucional puede tener consecuencias mucho más graves que una protesta deportiva.
La Federación Peruana de Fútbol y la Liga Departamental no pueden reducir su actuación a programar el partido, autorizar el estadio y esperar que la pelota resuelva todo. Cobrar inscripciones y administrar el torneo también implica proteger a quienes lo hacen posible. Sin futbolistas seguros no existe campeonato; solo queda una programación irresponsable.
La Policía Nacional y el Ministerio Público deben investigar el origen del video, identificar a sus autores y determinar si existe alguna relación con apuestas clandestinas, intereses deportivos o presión sobre el resultado. No corresponde afirmar vínculos sin pruebas, pero tampoco guardar silencio hasta que ocurra una tragedia.
El duelo del 9 de agosto no debería disputarse sin resguardo policial suficiente, control de accesos, protección para ambos planteles y garantías verificables antes, durante y después del encuentro. Exigir que los jugadores salgan al campo bajo amenaza no es valentía: es trasladarles una responsabilidad que pertenece a las autoridades.
La Copa Perú necesita protocolos obligatorios de seguridad, fiscalización económica, vigilancia sobre apuestas y sanciones reales. Continuar como si nada hubiera ocurrido sería convertir la negligencia en parte oficial del torneo.
Reflexión final
El próximo domingo no solo estará en juego una clasificación. También se pondrá a prueba la capacidad del fútbol peruano para defender la vida frente al miedo. Ningún ascenso vale una amenaza de muerte. Si la delincuencia consigue condicionar cómo se juega o quién gana, la Copa Perú dejará de premiar al mejor equipo y comenzará a obedecer al más peligroso. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
