Fútbol femenino: ellas ponen talento, el sistema pone trabas

El fútbol femenino peruano crece, pero crece a pesar del sistema, no gracias a él. Crece por la terquedad admirable de sus jugadoras, por el esfuerzo de entrenadoras, familias y pequeños equipos de trabajo que sostienen una disciplina todavía tratada como un apéndice del fútbol masculino. En los discursos oficiales se habla de inclusión, desarrollo y futuro. En la realidad, muchas futbolistas siguen entrenando con carencias, compitiendo con poca visibilidad y esperando que la dirigencia deje de posar para la foto y empiece a tomar decisiones serias.

La primera gran deuda es económica. A muchas jugadoras se les exige disciplina profesional, pero se les ofrecen condiciones semiprofesionales o directamente precarias. Se espera que rindan como atletas de alto nivel mientras deben estudiar, trabajar, trasladarse con sus propios recursos y resolver necesidades básicas que cualquier estructura seria debería cubrir. El mensaje es cruel en su contradicción: jueguen como profesionales, pero arréglense como puedan. Así no se desarrolla un deporte; se administra la desigualdad con camiseta oficial.

La infraestructura tampoco resiste un análisis honesto. En demasiados casos, el fútbol femenino recibe los horarios menos convenientes, las canchas disponibles después de todos, los camerinos insuficientes y el apoyo médico limitado. La prioridad casi siempre está en otro lado. Y cuando una institución entrega sobras, no puede luego exigir resultados de excelencia. El talento necesita campo, nutrición, fisioterapia, gimnasio, análisis técnico, planificación y descanso. Sin eso, hablar de alto rendimiento es apenas una frase elegante para ocultar la improvisación.

La visibilidad es otra forma de abandono. Los partidos tienen poca transmisión, escasa promoción, mínima cobertura periodística y una narrativa débil. A las jugadoras se les niega el escenario, pero luego se les reclama que no generen suficiente audiencia. Es el viejo truco del sistema: primero te esconde, luego te culpa por no ser visto. Sin difusión no hay hinchada sólida; sin hinchada no hay patrocinadores; sin patrocinadores no hay profesionalización. El círculo no es natural: alguien lo permite, alguien lo sostiene y alguien se beneficia de no cambiarlo.

La dirigencia, mientras tanto, suele celebrar cada pequeño avance como si fuera una hazaña administrativa. Pero inscribir equipos no es desarrollar fútbol femenino. Publicar mensajes por el Día de la Mujer no es igualdad. Poner una foto institucional no es política deportiva. La verdadera profesionalización se mide en contratos, presupuestos, infraestructura, calendarios estables, divisiones menores, atención médica, marketing, derechos audiovisuales y condiciones dignas.

El fútbol femenino peruano no necesita caridad ni discursos decorativos. Necesita gestión, inversión y respeto. Las jugadoras ya demostraron compromiso; quienes todavía deben rendir examen son los dirigentes, los clubes, la federación, los medios y las marcas que miran desde lejos mientras el talento nacional juega contra rivales y contra el abandono.

Reflexión final
Cada vez que una futbolista peruana entra a la cancha, no solo disputa un partido: enfrenta una estructura que todavía no la toma con la seriedad que merece. Por eso, el crecimiento del fútbol femenino debe celebrarse, pero también denunciarse su abandono. Porque cuando el talento avanza y la dirigencia retrocede, el problema ya no está en la cancha. Está en la mesa donde se decide, se posterga y se mira hacia otro lado. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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