Sale a la luz un contrato que vuelve a colocar a Gianni Infantino en el centro de la polémica. Según la información difundida, la FIFA mantiene un acuerdo por aproximadamente 2,3 millones de libras con la agencia londinense Ten Toes Media para desarrollar una estrategia digital que incluye, entre otros objetivos, proteger la imagen de la propia FIFA y de su presidente. Contratar servicios de comunicación no es irregular ni excepcional. Lo que merece escrutinio es otra cosa: si recursos institucionales están sirviendo también para blindar la reputación política de quien conduce temporalmente el organismo.
El acuerdo, de 22 meses, no se limita a publicar resultados, promocionar torneos o administrar cuentas oficiales. Incluye consultoría estratégica, producción de textos, fotografías, videos y gráficos, monitoreo permanente, moderación de comentarios, uso de influencers, análisis de tráfico y medición del “sentimiento” generado por los contenidos. Es decir, no estamos ante una simple oficina de prensa digital, sino ante una estructura diseñada para gestionar percepción, narrativa y reputación.
La FIFA sostiene que sería incorrecto afirmar que la agencia trabaja principalmente para la cuenta personal de Infantino y defiende la contratación de proveedores externos como una práctica habitual en grandes organizaciones. Ese argumento puede ser válido. Pero el problema aparece cuando la documentación, según lo publicado, menciona de manera expresa la protección de la imagen del presidente y una narrativa alineada con su visión. Allí la frontera entre comunicación institucional y construcción personal de poder empieza a volverse peligrosamente borrosa.
Y el contexto vuelve todo más incómodo. Infantino enfrenta cuestionamientos por el frustrado proyecto FIFA Forward Enterprise, críticas de confederaciones, federaciones y exfutbolistas, además de una creciente discusión sobre gobernanza, concentración de poder y transparencia. En medio de ese escenario, conocer que existe una sofisticada maquinaria comunicacional para proteger su imagen resulta, como mínimo, políticamente inoportuno.
Porque cuando una autoridad pierde confianza, el problema no se resuelve con más publicaciones, mejores videos o métricas favorables. La reputación no puede convertirse en una operación de maquillaje permanente cuando lo que se reclama son explicaciones, controles y rendición de cuentas.
El verdadero debate no es cuánto cuesta el contrato, sino para quién trabaja realmente la estrategia: para fortalecer la comunicación de FIFA o para blindar a Infantino frente a una creciente erosión política.
Reflexión final
Una institución seria no debería necesitar confundir su prestigio con la imagen de su presidente. FIFA puede contratar agencias, consultores y especialistas.
Pero si necesita gastar millones para proteger a Infantino, quizá el problema ya no sea de comunicación. Quizá sea de credibilidad. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
