La inflación tiene una forma bastante peculiar de dar buenas noticias: baja el pollo, pero sube aquello que prácticamente nadie puede dejar de pagar. En agosto, el precio del pollo eviscerado cayó 8,49%, una reducción significativa para los hogares. Sin embargo, la electricidad residencial aumentó 3,99% y el gasohol y los lubricantes subieron 7,33%. El resultado es evidente: el alivio en algunos alimentos convive con un encarecimiento de servicios y costos que terminan golpeando a toda la economía.
La inflación acumulada en Lima Metropolitana llegó a 4,16% entre enero y agosto, mientras que la tasa anual alcanzó 4,44%, su nivel más alto en casi tres años y por encima del rango meta de entre 1% y 3% del Banco Central de Reserva.
El dato importa porque la electricidad y los combustibles no son productos secundarios. Son costos transversales. La luz impacta en hogares, comercios, fábricas y servicios. El combustible mueve taxis, buses, camiones, repartos y cadenas de abastecimiento. Cuando ambos suben, el aumento termina filtrándose poco a poco hacia otros precios.
Por eso, decir que el pollo bajó puede sonar tranquilizador, pero resulta insuficiente. Una familia no organiza su presupuesto únicamente alrededor del mercado. También debe pagar recibos, transporte, alquiler, colegio, medicamentos y servicios. Si los costos esenciales aumentan, el supuesto alivio termina desapareciendo antes de llegar a fin de mes.
Además, los precios mayoristas acumulan un incremento de 5,42% hasta agosto. Esa presión merece atención, porque puede trasladarse posteriormente hacia el consumidor. Mientras tanto, el discurso oficial no debería caer en la tentación de celebrar descensos aislados como señal de normalidad.
La inflación no se combate con optimismo estadístico. Se enfrenta con políticas económicas coherentes, vigilancia de los costos energéticos, competencia efectiva y decisiones que eviten trasladar cada incremento directamente al ciudadano.
Que algunos alimentos bajen es positivo, pero no suficiente. Mientras electricidad y combustibles continúen presionando el gasto, la sensación de encarecimiento seguirá instalada en los hogares.
Reflexión final
La inflación puede bajar en un producto y subir en la vida cotidiana. El pollo cuesta menos, sí. Pero cuando encender la luz y movilizarse cuesta más, el bolsillo hace su propio cálculo. Y ese cálculo suele ser mucho más duro que cualquier promedio oficial. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
