El fútbol peruano lleva años repitiendo una fórmula que ya demostró sus límites: cambiar entrenadores, contratar jugadores de emergencia, anunciar reestructuraciones y esperar que los resultados aparezcan casi por generación espontánea. Pero mientras se mueve todo alrededor, permanece intacto uno de los problemas centrales: la calidad de la dirigencia. Clubes y federaciones necesitan administradores preparados para conducir organizaciones deportivas complejas, no figuras que aprendan sobre la marcha mientras manejan presupuestos, contratos, derechos comerciales, divisiones menores y patrimonio institucional.
El fútbol moderno dejó hace tiempo de ser únicamente un deporte. Es también una industria que combina gestión deportiva, finanzas, marketing, tecnología, infraestructura, comunicación, derecho, formación de talentos y análisis de datos. Por eso resulta anacrónico que todavía existan instituciones administradas con intuición, relaciones personales o decisiones tomadas después de una derrota. Un dirigente moderno no puede trabajar como aficionado con cargo; debe actuar como profesional con responsabilidades medibles.
Los clubes necesitan presidentes y directorios capaces de construir modelos sostenibles. Eso significa presupuestos realistas, control de deuda, gerencias deportivas independientes, academias competitivas, infraestructura, captación de talento, áreas comerciales robustas y planificación a varios años. Comprar futbolistas cada temporada sin consolidar activos propios puede mantener vivo al equipo, pero no hace crecer a la institución. El resultado está a la vista: clubes que sobreviven, pero no se transforman.
En las federaciones, la exigencia debería ser todavía mayor. Quien administra selecciones nacionales, arbitraje, torneos, desarrollo juvenil y recursos internacionales maneja una responsabilidad que trasciende a un club. No debería bastar ganar una elección interna para recibir semejante poder. Deberían exigirse planes de gobierno deportivo, experiencia comprobada, formación especializada, declaración de conflictos de interés, indicadores públicos y rendición periódica de cuentas.
La improvisación también tiene precio. Contratos deficientes, fichajes mal evaluados, deudas, infraestructura abandonada, canteras débiles y decisiones comerciales pobres terminan costando millones. Después llega el mecanismo de siempre: se culpa al entrenador, se cambia al gerente y se anuncia otro “nuevo comienzo”. Cambian las caras, pero continúa el mismo sistema.
Conclusión
El fútbol peruano necesita una reforma de gestión tan profunda como cualquier reforma deportiva. Profesionalizar dirigentes, fortalecer gobiernos corporativos, transparentar cuentas y separar decisiones técnicas de intereses particulares debería ser una obligación, no una aspiración.
Reflexión final
Perú no puede aspirar a competir con países que profesionalizaron toda su estructura mientras aquí todavía se improvisa desde los escritorios.
Los campeonatos se juegan en la cancha, pero muchas derrotas comienzan mucho antes: en directorios mal preparados, decisiones sin planificación y estructuras incapaces de pensar más allá de la próxima fecha. Sin dirigentes modernos, el fútbol peruano seguirá cambiándolo todo para terminar siempre en el mismo lugar. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
