El director deportivo dejó de ser un personaje secundario dedicado a contratar jugadores o atender las solicitudes del entrenador. En el fútbol moderno, es el responsable de diseñar, conducir y proteger el proyecto deportivo de una institución. En el Perú, donde predominan la improvisación, el cortoplacismo y las decisiones condicionadas por los resultados del domingo, profesionalizar este cargo ya no es una opción: es una necesidad impostergable.
El primer requisito debe ser una formación académica especializada. Un director deportivo necesita estudios en gestión deportiva, administración, finanzas, derecho deportivo y planificación estratégica. Debe interpretar presupuestos, controlar la masa salarial, negociar contratos, conocer los reglamentos de transferencias y defender los derechos de formación. Administrar el patrimonio de un club exige mucho más que experiencia futbolística o una extensa agenda de contactos.
Haber sido jugador profesional puede constituir una ventaja, pero nunca una credencial suficiente. Conocer el vestuario no equivale a saber dirigir una organización. El error aparece cuando la trayectoria deportiva se utiliza para justificar la ausencia de preparación, metodología o capacidad ejecutiva.
El perfil también debe incluir dominio de herramientas tecnológicas. Las plataformas de scouting, el análisis de datos, los sistemas de posicionamiento global y la información biométrica permiten evaluar rendimientos, prevenir lesiones y reducir equivocaciones en los fichajes. Contratar futbolistas mediante videos promocionales, recomendaciones de representantes o intuiciones personales significa arriesgar recursos institucionales sin el debido sustento.
Además, el director deportivo peruano debe poseer una visión descentralizada. Su trabajo no puede limitarse a Lima ni a los nombres ofrecidos durante el mercado de pases. Debe organizar una red nacional de captación, recorrer torneos juveniles y detectar talento en costa, sierra y selva. El país dispone de diversidad física, cultural y geográfica, pero continúa perdiendo futbolistas porque sus sistemas de búsqueda son débiles o inexistentes.
También debe definir la identidad futbolística del club, seleccionar entrenadores compatibles con ella y construir plantillas con proyección de uno, dos y tres años. Las divisiones menores tienen que integrarse al mismo modelo, con formación técnica, nutricional, psicológica y educativa. La cantera debe ser considerada patrimonio, no una obligación reglamentaria.
Este profesional debe elegirse mediante un concurso de méritos y ser evaluado con indicadores concretos: acierto en las contrataciones, valorización de la plantilla, promoción de juveniles, reducción de lesiones y sostenibilidad financiera. Asimismo, debe capacitarse permanentemente y actuar con independencia frente a agentes e intereses particulares.
Reflexión final
El fútbol peruano no necesita gerentes que aprendan mientras comprometen millones. Necesita profesionales preparados para transformar conocimiento en decisiones y talento en patrimonio. Mientras el cargo continúe repartiéndose por amistad, fama o conveniencia, la modernización seguirá siendo apenas otra promesa pronunciada antes de la próxima derrota. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
