¿Es una solución que la selección nacional juegue en Puno?

La Selección Peruana evalúa jugar parte de las próximas Eliminatorias en Puno, a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, como una fórmula para convertir la altura en aliada competitiva. La idea suena audaz, estratégica e incluso desafiante. El estadio Monumental de la Universidad Nacional del Altiplano, con capacidad aproximada para 30 mil espectadores, aparece como una alternativa real para recibir partidos oficiales. Jean Ferrari y Mano Menezes ya han confirmado que la opción está siendo trabajada con seriedad. Sin embargo, detrás del entusiasmo aparece una pregunta incómoda: ¿Perú está construyendo una verdadera estrategia mundialista o simplemente busca otro atajo para disimular la ausencia de un proyecto serio?.

Jugar en Puno puede incomodar a cualquier rival. La altitud condiciona la respiración, reduce el ritmo, exige mayor adaptación física y puede transformar la localía en una ventaja importante. No se puede negar ese factor. Pero creer que la altura, por sí sola, llevará a Perú al Mundial sería una ilusión peligrosa. Si esa fuera la receta mágica, Bolivia clasificaría con frecuencia a todas las Copas del Mundo. La geografía ayuda, sí, pero no reemplaza la calidad futbolística, la formación, la planificación, la competitividad ni la jerarquía deportiva.

El problema del fútbol peruano es que suele buscar paliativos donde debería construir soluciones estructurales. Cuando no hay recambio generacional, se cambia de sede. Cuando falta intensidad, se mira la altura. Cuando no existe una liga sólida, se apela al “factor localía”. Pero el verdadero drama no está en Lima, Cusco o Puno; está en la estructura de nuestro fútbol. La Liga 1 sigue mostrando debilidad competitiva, clubes sin estabilidad institucional, deudas permanentes, mala planificación y un rendimiento internacional cada vez más pobre en Copa Libertadores y Sudamericana. La Liga 2 expone aún más precariedad: equipos que se retiran, falta de sostenibilidad, ausencia de derechos de televisión sólidos y un modelo que parece más una prueba de supervivencia que una verdadera plataforma profesional.

La realidad es dura: el modelo actual del fútbol peruano es caótico, improductivo y profundamente fracasado. No hay una hoja de ruta clara. No existe una política seria de formación de menores. Las divisiones juveniles siguen siendo una deuda histórica. El fútbol femenino aún lucha por reconocimiento real. Las selecciones menores no consolidan procesos y la selección mayor vive más de la nostalgia de Rusia 2018 que de una construcción presente. El sistema no produce talento de forma sostenible; administra urgencias.

Por eso, presentar la altura como gran solución puede ser funcional al discurso, pero no al futuro. Perú necesita una estrategia de localía, claro que sí. Pero esa estrategia debe ser parte de un plan mayor, no el reemplazo de todo lo que no se ha hecho. Jugar en Puno exige logística seria, preparación física específica, campos de entrenamiento, recuperación médica, adaptación de los propios futbolistas y una selección de jugadores compatible con esa exigencia. De lo contrario, la supuesta ventaja también puede convertirse en castigo para el propio equipo.

Lo inteligente no es vivir buscando golpes de efecto. Lo inteligente es trabajar para el futuro. Perú necesita un verdadero Plan Nacional de Desarrollo del Fútbol al 2040, con formación desde niños, torneos juveniles competitivos, academias regionales, scouting profesional, capacitación constante de entrenadores, inversión en ciencias del deporte, infraestructura descentralizada y reglas claras para los clubes. La clasificación a un Mundial no debería depender de una sede extrema, sino de una fábrica permanente de futbolistas.

Puno puede ser una herramienta válida dentro de una estrategia deportiva bien diseñada. Pero si se usa como cortina de humo para no discutir el desastre estructural del fútbol peruano, será apenas otro parche. Y el fútbol peruano ya no necesita parches: necesita una refundación profunda, seria y valiente.

Reflexión final
El Mundial no se alcanza buscando oxígeno en la altura, sino construyendo fútbol desde abajo. La verdadera clasificación empieza en las canchas formativas, en ligas serias, en clubes sostenibles y en dirigentes capaces de pensar más allá del próximo partido. Porque trabajar para el futuro no es una opción romántica: es la única decisión inteligente. (Foto: Universidad Nacional del Altiplano).

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