Keiko Fujimori: la herencia que no prescribe en las urnas

Keiko Fujimori no compite sola en la segunda vuelta del 2026. Entra a la campaña acompañada por un apellido que pesa más que cualquier eslogan, por una historia que no se archiva con spots publicitarios y por una memoria nacional que, aunque algunos quisieran jubilar, sigue sentada en la primera fila del debate político. El fujimorismo vuelve a pedir confianza, pero el país vuelve a preguntarse lo mismo: ¿se puede mirar al futuro sin ajustar cuentas con el pasado?.

La principal figura de Fuerza Popular ha intentado construir una trayectoria propia, pero su biografía política nació dentro del poder fujimorista. En 1994 asumió el rol de primera dama tras la salida de Susana Higuchi, en pleno gobierno de Alberto Fujimori, un periodo recordado por sectores ciudadanos como etapa de estabilidad económica y derrota del terrorismo, pero también marcado por graves denuncias y condenas vinculadas a violaciones de derechos humanos, corrupción y concentración del poder.

Ese es el núcleo del problema: Keiko Fujimori no solo hereda una organización política; hereda una discusión moral. Su candidatura se sostiene sobre la promesa de orden, autoridad y eficacia, pero tropieza una y otra vez con las sombras del autogolpe de 1992, las esterilizaciones forzadas, el poder de Vladimiro Montesinos y una cultura política que confundió control con gobernabilidad. La democracia peruana todavía recuerda que la mano dura, cuando no tiene límites, suele terminar golpeando primero a la ley.

Por supuesto, ningún hijo debe cargar jurídicamente con los delitos de sus padres. Pero una lideresa política sí debe responder por el proyecto que reivindica, por los símbolos que abraza y por los silencios que administra. No basta hablar de “errores” o “excesos” cuando el país necesita garantías claras de que el autoritarismo no volverá vestido de eficiencia. La memoria no es venganza: es prevención democrática.

Además, Keiko llega a esta campaña en un escenario de polarización extrema. Reuters informó que el proceso electoral peruano sigue bajo revisión y controversias, con auditoría informática solicitada por el JNE y alta presión política sobre los resultados de abril. En ese ambiente, la herencia fujimorista no es un detalle histórico: es un factor electoral decisivo.

Keiko Fujimori tiene derecho a competir. Pero el país tiene derecho a exigirle respuestas, límites, autocrítica y compromisos verificables. El voto no debe ser un cheque en blanco ni un acto de amnesia colectiva.

Reflexión final
El Perú no puede construir democracia sobre recuerdos maquillados. Porque cuando el pasado no se enfrenta con verdad, vuelve al poder convertido en promesa de orden. (Foto: Poder Judicial).

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