Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar: un mismo desastre

El Perú parece haberse acostumbrado a vivir en emergencia política permanente. Cambian los presidentes, cambian los discursos y cambian las excusas, pero el resultado termina siendo el mismo: desgobierno, escándalos, improvisación y un país cada vez más cansado de sobrevivir entre crisis. Pedro Castillo, Dina Boluarte, José Jerí y José Balcázar representan etapas distintas de un mismo deterioro institucional: la incapacidad convertida en método de gobierno.

Pedro Castillo llegó ofreciendo representar al pueblo y terminó atrapado entre improvisaciones, ministros fugaces, investigaciones y un intento de quiebre constitucional que hundió al país en una de las peores crisis de las últimas décadas. Gobernó como si el Estado fuera una asamblea improvisada y convirtió la incertidumbre en política pública. El discurso antisistema terminó administrando el caos desde Palacio.

Dina Boluarte heredó el incendio prometiendo estabilidad, pero el país encontró más confrontación, más distancia con la ciudadanía y una gestión marcada por muertos en protestas, desgaste político y una desconexión alarmante con la realidad social. Mientras la inseguridad explotaba en las calles, el gobierno parecía gobernar encerrado en conferencias, estados de emergencia y silencios incómodos.

José Jerí apareció como figura de transición en medio del agotamiento político, pero tampoco logró reconstruir liderazgo ni confianza. Su gestión quedó atrapada entre la fragilidad institucional y la sensación de que el país seguía navegando sin rumbo claro. Y ahora José María Balcázar parece confirmar que el problema ya no depende solo de quién llega al poder, sino de una estructura política que normalizó la improvisación.

El episodio de los F-16, los mensajes contradictorios, los escándalos diplomáticos y las declaraciones polémicas dejaron la impresión de una presidencia errática. Mientras tanto, el país enfrenta extorsiones, homicidios, colapso institucional y una economía golpeada por la incertidumbre. Pero desde el poder siguen administrando discursos antes que soluciones.

Lo más grave es que esta cadena de gobiernos ha terminado degradando la propia figura presidencial. Palacio ya no proyecta liderazgo; proyecta supervivencia política. El Perú pasó de discutir proyectos nacionales a preguntarse quién terminará el mandato sin provocar otra crisis.

Cuatro gobiernos distintos han compartido el mismo denominador común: incapacidad para gobernar con seriedad, transparencia y visión de país. Y eso tiene consecuencias profundas en la democracia, la economía y la confianza ciudadana.

Reflexión final
El verdadero peligro no es solo tener malos gobernantes. El verdadero peligro es que el país termine acostumbrándose a ellos. Cuando el desgobierno se vuelve rutina, la indignación empieza a agotarse y la mediocridad política se instala como normalidad. El Perú no necesita otro salvador improvisado. Necesita recuperar algo mucho más básico y urgente: la capacidad de ser gobernado con responsabilidad. (Foto:lacajanegra.blog)

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