El nuevo cruce entre SAFAP y Estudiantil CNI no es un simple intercambio de comunicados. Es otra radiografía, incómoda y repetida, de un fútbol peruano que se proclama profesional en los discursos, pero sigue funcionando con reflejos artesanales, bolsillos vacíos, calendarios improvisados y una cadena de responsabilidades donde todos se señalan, pero pocos resuelven. Al final, como casi siempre, el jugador queda al medio: usado como argumento, convertido en bandera y afectado en lo más básico, su salario y su dignidad laboral.
SAFAP hizo lo que corresponde en una dimensión elemental: exigir que Estudiantil CNI regularice los pagos pendientes y cumpla sus obligaciones laborales. En eso no hay mucho espacio para el maquillaje retórico. El sueldo de un futbolista no puede depender del humor administrativo, de una transferencia tardía, de una promesa federativa o de una explicación de oficina. El trabajo se paga. Punto. Ningún club, por más dificultades que enfrente, puede convertir la remuneración de sus jugadores en una ruleta de espera.
Pero el problema no termina ahí. SAFAP también debería entender que un comunicado público, lanzado como primera herramienta de presión, puede ser un misil contra la marca de un club, contra sus patrocinadores, contra su credibilidad deportiva y contra su estabilidad institucional. La defensa de los derechos laborales no debería confundirse con el espectáculo del escarmiento público. Antes de llegar a la vitrina de las redes sociales, debería existir un protocolo serio: comunicación formal, reunión urgente, advertencia, conciliación, plazo razonable y, recién si no hay respuesta, exposición pública. De lo contrario, se instala una justicia mediática que quizá genera titulares, pero no necesariamente soluciones.
CNI, por su parte, responde defendiendo su imagen y cuestionando la falta de diálogo previo. Tiene derecho a hacerlo. Sin embargo, defender la marca no puede ser más importante que resolver la deuda. La imagen de un club no se protege solo con cartas, firmas o advertencias legales; se protege pagando a tiempo, administrando con responsabilidad y evitando que sus futbolistas terminen como acreedores involuntarios de un sistema que los necesita para jugar, pero no siempre los respeta para cobrar.
El punto de fondo, sin embargo, es más grande que CNI y más incómodo que SAFAP. El fútbol peruano vive atrapado en un círculo vicioso que ya no sorprende a nadie. La FPF no entrega oportunamente recursos o reembolsos; los clubes se atrasan, Licencias observa, SAFAP reclama, los comunicados vuelan, las instituciones se indignan y los jugadores esperan. Es una rueda oxidada que gira sobre la misma precariedad de siempre. Todos conocen el problema, todos lo comentan en privado, todos lo padecen en público, pero nadie se atreve a desmontarlo de raíz.
Y aquí aparece la notable paradoja. SAFAP muestra rapidez cuando se trata de reclamar pagos, lo cual es correcto y necesario. Pero esa misma energía debería verse cuando sus agremiados juegan en estadios sin condiciones adecuadas, en campos que parecen diseñados para lesionar piernas, en escenarios sin camerinos dignos, sin seguridad suficiente o sin garantías mínimas para ejercer la profesión. El derecho laboral no empieza ni termina en la planilla. También incluye condiciones de trabajo decentes. Si el futbolista cobra, pero juega en una cancha que amenaza su integridad, el sistema sigue fallando.
El fútbol peruano necesita menos poses institucionales y más cirugía estructural. La Liga 2 no puede seguir siendo el patio trasero de la improvisación. Se necesitan reglas claras, pagos calendarizados, fondos garantizados, fiscalización real, sanciones proporcionales y mecanismos de solución antes de que el conflicto llegue al incendio público. La FPF debe responder por sus retrasos, los clubes por sus obligaciones y SAFAP por una defensa integral del jugador, no solo parcial ni selectiva.
La conclusión es dura, pero necesaria: el fútbol peruano no está en crisis por falta de comunicados, sino por exceso de simulación. Se habla de profesionalismo, pero se administra precariedad. Se invoca la institucionalidad, pero se improvisa sobre la marcha. Se defiende al jugador en el papel, pero muchas veces se le abandona en la cancha, en el vestuario y en la cuenta bancaria.
La reflexión final es básica: mientras SAFAP, CNI, la FPF y los clubes sigan jugando a defender su propia parcela, el fútbol peruano seguirá perdiendo el partido más importante: el de la seriedad. Y cuando la seriedad se pierde, no hay tabla de posiciones que alcance para ocultar la vergüenza. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
