La FIFA suele repetir que el fútbol une al mundo, promueve la igualdad y garantiza las mismas oportunidades para todos. Sin embargo, el Mundial 2026 vuelve a poner a prueba ese discurso. Las severas denuncias formuladas por el capitán de Irán, Mehdi Taremi, no solo expresan el malestar de una selección; cuestionan uno de los pilares sobre los que se sostiene cualquier Copa del Mundo: la igualdad de condiciones para competir.
Cuando un futbolista afirma públicamente que «han hecho todo lo posible para eliminarnos», el problema deja de ser deportivo y se convierte en un asunto de credibilidad institucional.
Las declaraciones de Taremi son de una dureza poco habitual en plena competencia. Denunció un Mundial «desastroso», describió una organización incapaz de resolver problemas básicos y sostuvo que la delegación iraní debió afrontar obstáculos permanentes relacionados con restricciones migratorias, ausencia de personal de logística y recuperación, traslados constantes entre México y Estados Unidos y controles fronterizos que ninguna selección debería soportar en un torneo de esta magnitud.
Más delicado aún resulta que el delantero afirmara que Gianni Infantino ingresó personalmente al vestuario iraní para prometer soluciones que, según su versión, nunca llegaron. Si ello ocurrió, el problema no radica únicamente en las dificultades logísticas, sino en la confianza que inspira la máxima autoridad del fútbol mundial cuando sus compromisos no se traducen en resultados.
Este episodio no aparece aislado. Desde antes del inicio del torneo, el Mundial 2026 ha acumulado controversias: restricciones de ingreso para aficionados y periodistas, dificultades en la obtención de visas, críticas por el elevado costo de las entradas, denuncias sobre el calor extremo, cuestionamientos por el calendario, problemas de infraestructura, tensiones geopolíticas y reclamos sobre decisiones organizativas. La imagen del torneo ha comenzado a llenarse de interrogantes que ninguna campaña de marketing puede disipar.
La FIFA ha demostrado una extraordinaria capacidad para proteger sus marcas, perseguir el uso no autorizado de sus logotipos, controlar derechos comerciales y defender contratos multimillonarios con patrocinadores. Sin embargo, esa misma contundencia debería reflejarse cuando se trata de garantizar condiciones equitativas para las 48 selecciones participantes. La eficiencia administrativa no puede ser selectiva.
Naturalmente, las afirmaciones de Taremi representan la posición de la delegación iraní y no constituyen, por sí mismas, una prueba concluyente de los hechos denunciados. Precisamente por ello, la FIFA tiene la responsabilidad de responder con transparencia, explicar lo ocurrido y demostrar que las decisiones adoptadas obedecieron a criterios objetivos y no a circunstancias que puedan alimentar dudas sobre la imparcialidad del torneo.
La grandeza de una Copa del Mundo no se mide únicamente por la calidad del fútbol ni por los ingresos que genera. También se mide por la confianza que inspira su organización. Cada denuncia no aclarada erosiona una parte de esa confianza.
Reflexión final
El fútbol no puede exigir respeto dentro del campo si fuera de él persisten cuestionamientos sobre la igualdad de trato entre sus protagonistas. El verdadero patrimonio de la FIFA no son los miles de millones que factura cada Mundial, sino la credibilidad de la competencia que administra. Esa credibilidad no se protege con campañas institucionales ni con discursos solemnes; se defiende con transparencia, rendición de cuentas y decisiones que garanticen que ninguna selección tenga razones para creer que empezó el torneo en desventaja. Cuando esas dudas aparecen, el resultado deportivo deja de ser la única noticia y la organización pasa inevitablemente al centro del debate mundial. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
