La FIFA parece empeñada en convertir cada decisión administrativa del Mundial 2026 en una invitación a la sospecha. Ahora, el organismo designó una terna arbitral argentina para dirigir el Francia vs. Marruecos por los cuartos de final, un partido decisivo donde una de las selecciones involucradas, Francia, es vista como rival directo de Argentina en la lucha por el título. No se trata de afirmar que habrá mala intención ni de poner en duda anticipada la capacidad profesional de los árbitros. Se trata de algo más simple y más grave: la FIFA vuelve a demostrar una alarmante falta de criterio político, deportivo e institucional.
Según la información difundida por RPP, Facundo Tello será el árbitro principal del Francia vs. Marruecos en el Gillette Stadium de Boston. Lo acompañarán Juan Pablo Belatti y Gabriel Chade como jueces de línea, mientras que Darío Herrera será el cuarto árbitro. Es decir, una terna completamente argentina para impartir justicia en un duelo donde Francia puede seguir avanzando hacia una eventual disputa directa con Argentina. ¿De verdad no había otra alternativa? ¿De verdad, en un Mundial de 48 selecciones y con árbitros de distintas confederaciones, FIFA no encontró una designación menos incómoda?
El problema no es Facundo Tello. El problema es la FIFA. El organismo rector del fútbol mundial parece haber perdido una virtud básica: el sentido común. En una competencia donde cada penal, cada roja, cada fuera de juego y cada revisión del VAR puede alterar la historia de una selección, la neutralidad no solo debe existir en el reglamento; debe ser percibida por todos. Y aquí la percepción nace herida antes del pitazo inicial.
Francia no es un equipo menor. Es una potencia mundial, finalista reciente, candidata permanente y protagonista de una rivalidad intensa con Argentina desde Qatar 2022. Por eso, colocar a una terna argentina en un partido clave de Francia no es una muestra de confianza institucional; es una torpeza innecesaria. La FIFA, que debería blindar la credibilidad del torneo, termina abriendo una ventana a la suspicacia.
Lo más preocupante es que esta decisión llega en un Mundial ya golpeado por controversias: sanciones revisadas, presiones políticas, reclamos de federaciones y cuestionamientos sobre la independencia del organismo. En ese contexto, cualquier designación arbitral debería ser quirúrgica, prudente y transparente. Pero la FIFA actúa como si la confianza pública fuera un recurso infinito. No lo es.
El fútbol moderno vive vigilado por millones de cámaras, redes sociales, analistas, periodistas y aficionados. Ya no basta con decir “confíen”. Hay que construir confianza. Y la confianza se construye evitando decisiones que parezcan diseñadas para encender incendios.
La FIFA no necesitaba meterse en este problema, pero lo hizo. Pudo elegir una terna de otra nacionalidad, evitar interpretaciones incómodas y proteger al propio cuerpo arbitral de presiones innecesarias. En cambio, eligió una designación que obliga a dar explicaciones antes de que ruede la pelota.
Reflexión final
Un Mundial no solo se juega en la cancha; también se juega en la credibilidad de quienes lo organizan. Cuando la FIFA toma decisiones que parecen carecer de prudencia, no fortalece al arbitraje: lo expone. Y cuando la justicia deportiva empieza rodeada de dudas, el partido ya arranca con una sombra sobre el césped.
