La crisis institucional de la FIFA dejó de ser una disputa limitada a Europa. Después del rechazo de la UEFA, las 41 asociaciones que integran Concacaf también se pronunciaron contra el proyecto de Gianni Infantino para abrir la gestión comercial de las competiciones al capital privado. No anunciaron un boicot como el europeo, pero su oposición amplía la fractura y desarma la imagen de consenso que la FIFA pretendía proyectar.
La rebelión resulta especialmente significativa porque aparece después del Mundial 2026, presentado como el torneo más rentable de la historia. Si las arcas del organismo atraviesan uno de sus mejores momentos, ¿por qué entregar parte del negocio a inversionistas externos?
Concacaf cuestionó tres aspectos esenciales: la falta de garantías procesales, el plazo artificialmente corto para decidir y la ausencia de revisión o aprobación por los órganos correspondientes de la FIFA. No son observaciones menores. Señalan un método de gobierno basado en acelerar decisiones trascendentales antes de que puedan discutirse con la profundidad necesaria.
Infantino parece haber interpretado el éxito económico del Mundial como un permiso para avanzar sin resistencias. Pero administrar una institución global no consiste en aprovechar el momento de mayor poder para modificar sus estructuras comerciales. El liderazgo responsable exige consultas, controles, documentación pública y debate entre las 211 federaciones.
La propuesta pretende incorporar inversionistas privados a una empresa encargada de gestionar derechos y negocios de los torneos. Sus defensores prometen más recursos para FIFA Forward y el desarrollo del fútbol. Sin embargo, Concacaf formuló la pregunta que la dirigencia debe responder: ¿por qué recurrir a capital externo cuando la FIFA dispone de vastas reservas?
La alternativa propuesta por la confederación resulta más prudente: estudiar cómo utilizar esos fondos para aumentar el financiamiento y garantizar que cualquier modificación respete los procedimientos de gobernanza. En otras palabras, invertir lo que el fútbol ya produjo antes de vender una participación de lo que producirá mañana.
Tampoco conviene confundir inversión con beneficencia. Los capitales privados no llegan para proteger el fútbol base ni para preservar la esencia del Mundial. Llegan buscando rentabilidad. Esa presión podría trasladarse después a calendarios, formatos, precios, sedes y derechos audiovisuales.
UEFA y Concacaf han enviado un mensaje difícil de ignorar: la FIFA no pertenece a una presidencia ni puede administrarse como un proyecto personal. Una reforma de esta dimensión requiere legitimidad, no únicamente votos conseguidos bajo presión.
Reflexión final
Infantino quiso presentar su iniciativa como el próximo gran salto comercial. Está consiguiendo, en cambio, que dos regiones fundamentales cuestionen su manera de gobernar. Cuando la urgencia por ganar más dinero amenaza la unidad institucional, el problema ya no es financiero: es ético, democrático y profundamente futbolístico. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
