La DANA Bertha se desplaza sobre el océano Pacífico y el Senamhi ya advirtió lo que puede venir: lluvias, nieve, granizo, aguanieve y vientos fuertes en la sierra centro y sur del país. Los avisos existen, los mapas existen y los pronósticos también. Lo que todavía está por verse es si el Estado hará algo distinto a lo de siempre: comunicar primero, reaccionar después y declarar emergencia cuando el daño ya esté hecho.
En el Perú, la prevención suele tener menos presupuesto que la reparación y menos protagonismo que la foto posterior al desastre.
El Senamhi emitió los avisos n.º 331 y n.º 334 por precipitaciones en zonas altoandinas y el n.º 333 por incremento de vientos en la sierra sur. El sistema fue inicialmente identificado como una vaguada fría en niveles altos y luego reclasificado como una Depresión Aislada en Altura (DANA).
La precisión técnica importa, pero para una comunidad altoandina importa más saber si habrá maquinaria disponible, carreteras despejadas, centros de salud abastecidos, refugios, alimentos, abrigo y apoyo para agricultores y ganaderos.
Porque el patrón ya resulta demasiado conocido: primero llega la advertencia meteorológica, luego la lluvia, después los huaicos, las carreteras bloqueadas y las familias aisladas. Finalmente, aparecen los comunicados oficiales anunciando “acciones inmediatas” que debieron empezar días antes.
La incertidumbre sobre la trayectoria de Bertha no justifica la pasividad. Al contrario. Si cada DANA puede evolucionar de manera distinta, las autoridades deberían prepararse para varios escenarios y no apostar a que el fenómeno pierda fuerza.
El Senamhi cumple su función al monitorear y advertir. La pregunta debe dirigirse a gobernadores, alcaldes, Defensa Civil y ministerios: ¿qué están haciendo hoy con esa información?
Una alerta que no se convierte en prevención termina convertida en evidencia de que el Estado sabía y no actuó.
Bertha no debería sorprender a nadie. Las autoridades tienen información suficiente para anticipar cierres de vías, proteger infraestructura, preparar brigadas y reforzar servicios esenciales. Esperar a que la emergencia se produzca para recién movilizar recursos es administrar el desastre, no prevenirlo.
Reflexión final
La naturaleza puede cambiar de intensidad; la improvisación estatal parece bastante más estable. Si en los próximos días aparecen pueblos aislados y carreteras destruidas, nadie podrá decir que faltó advertencia. Faltará, una vez más, lo más elemental: convertir el aviso en acción antes de que la lluvia haga el resto. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
