El vóley peruano volvió a caer en una discusión que revela más sobre nuestras carencias estructurales que sobre la talla de una generación juvenil. Tras la participación de la selección Sub-17 en el Mundial, Cecilia Tait planteó que, ante la baja estatura de algunas jugadoras, podría evaluarse una solución similar al tratamiento que recibió Lionel Messi durante su infancia. Natalia Málaga respondió marcando una diferencia esencial: Messi fue tratado con hormona de crecimiento porque tenía una deficiencia médica diagnosticada, no porque alguien quisiera convertirlo artificialmente en un deportista más competitivo. La polémica puede parecer anecdótica, pero desnuda un problema mucho mayor: el vóley peruano sigue buscando atajos donde debería existir planificación.
La primera obligación es separar medicina de conveniencia deportiva. Una hormona no es una vitamina ni una herramienta para corregir tardíamente lo que el sistema no detectó antes. Si una deportista sana recibe hormona de crecimiento para mejorar artificialmente su rendimiento o condición física, entra en un terreno prohibido por las normas antidopaje. Ese punto no debería prestarse a confusión. El caso Messi fue clínico y específico. Pretender convertirlo en receta general para deportistas adolescentes sería tan impropio como pedirle a la medicina que resuelva lo que la dirigencia y la formación no hicieron a tiempo.
La duda verdaderamente incómoda es otra: ¿por qué el vóley peruano llega a los 16 o 17 años preguntándose recién si sus seleccionadas cumplen con los perfiles físicos que exige la alta competencia? Si determinadas posiciones necesitan talla, potencia, alcance y biotipo específicos, eso debe ser parte de una estrategia de captación desde la niñez. Hay que recorrer colegios, clubes, provincias y regiones; identificar talento, proyectar desarrollo físico y acompañar a esas niñas con programas serios. No se puede improvisar una selección de élite cuando la atleta ya está entrando a la etapa final de su crecimiento.
Y la talla, además, es apenas una parte del problema. El vóley moderno exige técnica, lectura táctica, fuerza, velocidad, potencia de salto, nutrición, psicología, biomecánica, análisis de datos, preparación física y entrenadores permanentemente actualizados. No basta con buscar niñas altas; hay que construir voleibolistas completas. Ese trabajo lleva años y requiere método, presupuesto y continuidad, tres palabras que en el deporte peruano suelen aparecer más en los planes que en la realidad.
También hay un componente histórico que vuelve la discusión más incómoda. Tait y Málaga integraron una generación que llevó al Perú a la élite mundial y consiguió la plata olímpica en Seúl 1988. Casi cuatro décadas después, el país sigue preguntándose cómo recuperar ese nivel. La respuesta no está en reproducir recetas del pasado ni en buscar soluciones médicas para compensar fallas estructurales. Está en reconstruir la base.
El vóley peruano necesita menos ocurrencias y más sistema. Necesita detección temprana, formación científica, entrenadores de alto nivel, competencia permanente, infraestructura adecuada, nutrición, medicina deportiva y una política de desarrollo que no dependa del entusiasmo de una generación aislada.
Reflexión final
El problema no es que nuestras adolescentes necesiten crecer artificialmente. Lo que necesita crecer es la estructura que debería detectarlas, formarlas y prepararlas desde niñas.
Mientras sigamos buscando respuestas expeditas cuando las jugadoras ya tienen 16 o 17 años, estaremos intentando corregir en meses lo que debimos construir durante una década. Y ese no es un problema de centímetros. Es un problema de gestión. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
